46. Jesús: “La Piedra de Tropiezo” PARTE 45: Ningún inmundo entrará en la Casa de Jehová (2 Crónicas 23: 19)

Continuaremos en esta entrega, adentrándonos sutilmente en el análisis del Sello de la Obediencia, transitando por el puente metodológico guiado por el Espíritu Santo, cuyo recorrido iniciamos en la entrega anterior, a partir del Conocimiento del Sello de la Santidad.

Este puente, como lo habíamos mencionado, contiene las revelaciones necesarias que nos da el Espíritu, las cuales, siendo corroboradas en las Escrituras, cumplen como vamos observando, con la finalidad de llevarnos a un claro Entendimiento acerca del Sello de la Obediencia, el cual está íntimamente conectado con el Sello de la Santidad.

Que quede claro por todo lo que hasta aquí hemos escudriñado:

¡Sin el Sello radiante de la Santidad, no hay Sello de Obediencia!

La Santidad es la base de la Obediencia.

El Sello de la Obediencia, como si fuese un cristal, permite que se irradie el brillo del Sello de la Santidad.

Sin Sello de Obediencia, o sea, en desobediencia, sólo hay tinieblas (1 Juan 2: 11).

Ningún desobediente es calificado por Dios como santo, por muy religioso que fuere.

Ningún desobediente puede entrar en el Reino de Dios, porque las tinieblas de la desobediencia, no son compatibles con el brillo de la Pureza y la Santidad del Cuerpo de Cristo.

Por eso el evangelio dice con toda claridad: “Sin Santidad, nadie verá al Señor.” (Hebreos 12: 14)

En el cuerpo de Cristo, no puede infiltrarse como miembro, ningún espíritu desobediente; porque todo el Cuerpo de Cristo, funciona como un sistema espiritual santo, puro, sin mancha. No hay ni la más remota posibilidad de que pueda en Él, alojarse, un ápice de inmundicia.

Por esta razón, el Señor Jesús se expresa de esta manera:

Apocalipsis 3:

16. Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.

(R. V. 1960)

En el antiguo Testamento, también las Escrituras, nos advierten lo siguiente:

Números 19:

20. Y el que fuere inmundo, y no se purificare, la tal persona será cortada de entre la congregación, por cuanto contaminó el tabernáculo de Jehová, no fue rociada sobre él el agua de la purificación, es inmundo.

(R. V. 1960)

Revisemos también algunos versículos del Antiguo Testamento, que nos amonestan a quienes vivimos en los tiempos postreros (1 Corintios 10: 6, 11), sobre lo que significa estar en el Cuerpo de Cristo; y también, lo que significa ser impedido de estar en el Cuerpo de Cristo:

2 Crónicas 23:

16. Y Joiada hizo pacto entre sí y todo el pueblo y el rey, que serían pueblo de Jehová.

17. Después de esto entró todo el pueblo en el templo de Baal, y lo derribaron, y también sus altares; e hicieron pedazos sus imágenes, y mataron delante de los altares a Matán, sacerdote de Baal.

18. Luego ordenó Joiada los oficios en la casa de Jehová, bajo la mano de los sacerdotes y levitas, según David los había distribuido en la casa de Jehová, para ofrecer a Jehová los holocaustos, como está escrito en la ley de Moisés,  con gozo y con cánticos, conforme a la disposición de David.

19. Puso también porteros a las puertas de la casa de Jehová, para que por ninguna vía entrase ningún inmundo.

(R. V. 1960)

Como pueden ver mis amados, desde los tiempos del Antiguo Testamento, según nos lo revela la Palabra de las Sagradas Escrituras, se advierte a todos,  de guardarse de la inmundicia, pues, no sólo que los inmundos no entrarán en la congregación de los santos, sino que recibirán castigo de muerte.

La inmundicia, dibuja su rostro en la desobediencia, mientras que, donde hay Santidad, indefectiblemente hay Obediencia, Sello que dibuja el rostro de Cristo.

En los versículos anotados anteriormente, la desobediencia que es inmundicia, se proyecta en todas las acciones reñidas con la Palabra de Dios, tal como lo es, la idolatría a falsos dioses, los cuales, como vemos en el texto bíblico expuesto, son destruidos por Dios, junto con sus adoradores.

La idolatría es fornicación con el espíritu de la rebelión (1 Samuel 15: 23).

Realmente, el evangelio dice la Verdad, cuando menciona que los sucesos narrados en el Antiguo Testamento, han sido escritos para que la gente de estos tiempos postreros, recapacite y reoriente su religiosidad sincrética, cargada de falsas deidades, hacia el Conocimiento del Nombre que está sobre todo nombre: Jesús de Nazaret, el único en quien hay Salvación (Hechos 4: 12; Filipenses 2: 9 – 11); y quien es, el único mediador entre Dios y los hombres (1 Timoteo 2: 5).

El evangelio no bromea con lo que está escrito, por tanto, no resulta tan sencillo como creen las personas de espíritu religioso, que por mencionar el nombre de Cristo, van a entrar en la congregación de los santos.

No podrán entrar, porque están en inmundicia, mezclando a Cristo con la  adoración a sus ídolos deidificados por sus tradiciones.

Es una pena muy grande, el que se pierdan, por no entender, que sólo Cristo en la cruz, con su sangre purificadora, nos hace santos y obedientes, dignos de estar en su Cuerpo.

El persistir en esta obstinación, es desobediencia. El persistir en la idolatría, es obstinación del espíritu. Por eso decimos con claridad, que la desobediencia es el rostro de la inmundicia.

No hacer caso a la Palabra de las Sagradas Escrituras y en particular a la Palabra del evangelio, es desobediencia con graves consecuencias.

Así le dijo Dios a Saúl por medio del profeta Samuel:

1 Samuel 15:

22. Y Samuel dijo: ¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros.

23. Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación. Por cuanto tú desechaste la Palabra de Jehová, él también te ha desechado para que no seas rey.

24. Entonces Saúl dijo a Samuel: Yo he pecado; pues he quebrantado el mandamiento de Jehová y tus palabras, porque temí al pueblo y consentí a la voz de ellos. Perdona, pues, ahora mi pecado,

25. y vuelve conmigo para que adore a Jehová.

26. Y Samuel respondió a Saúl: No volveré contigo; porque desechaste la palabra de Jehová, y Jehová te ha desechado para que no seas rey sobre Israel.

27. Y volviéndose Samuel para irse, él se asió de la punta de su manto, y este se rasgó.

28. Entonces Samuel le dijo: Jehová ha rasgado hoy de ti el reino de Israel, y lo ha dado a un prójimo tuyo, mejor que tú.

(R. V. 1960)

Amados entendidos, es demasiado clara la amonestación que Dios nos hace en esta, su Palabra Viva:

La desobediencia de Saúl, representa la desobediencia de todos aquellos que han sido destinados a ser desobedientes (1 Pedro 2: 8).

Entonces, vale a partir de este momento, que empecemos a definir con más claridad, qué es la Obediencia, Sello sin el cual, seremos desechados del Reino.

Con este propósito, lo que voy a hacer ahora, es transcribir en gran parte, el análisis, que acerca de este tema, ya lo hicimos en la entrega 6, sólo que en esta entrega, ya pueden amados de Dios, concebir a la Obediencia, como el elemento que cierra el círculo del Sello del Espíritu Santo.

Antes de continuar, con el análisis del Sello de la Obediencia, por razones metodológicas, veamos panorámicamente, los momentos o elementos del proceso del sellado del Espíritu Santo:

1) Quebrantamiento, 2) Arrepentimiento, 3) Entendimiento, 4) Conocimiento,  5) Fe,  6) Purificación o Santificación, 7) Obediencia.

Con la Obediencia, queda completo el Sello del Espíritu Santo en los elegidos de Dios, quienes por este Sello, somos convertidos en seres de la misma naturaleza Divina de nuestro Padre.

Ya habíamos expresado desde el inicio de este estudio, que comprender la naturaleza obediente de los hijos de Dios, es un elemento clave que nos da el Espíritu Santo, para saber cuál es la diferencia que existe, entre los obedientes y los desobedientes.

Sin duda, estoy hablando para los sellados, ya que los que no tienen el Sello, no entenderán nada, es más, ni remotamente se acercarán a estas enseñanzas de la Palabra.

Volvamos al análisis de los siguientes textos:

1 Pedro 2:

7. Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso; pero para los que no creen, La piedra que los edificadores desecharon, Ha venido a ser la cabeza del ángulo;

8.   y:

Piedra de tropiezo, y roca que hace caer, porque tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados.

(R. V. 1960)

En el versículo 8, se nos dice claramente que los desobedientes son los que están destinados a caer.  Esto ya lo analizamos y lo dejamos claro: los desobedientes estuvieron destinados a ser desobedientes.

¿Quiénes entonces, son los desobedientes?

Ya hemos analizado también esto:

Que los desobedientes que menciona el apóstol Pedro en este versículo, son los hijos del diablo. Estos mismos, también son llamados por el apóstol Pablo, hijos de desobediencia:

Efesios 2:

1. Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados,

2. en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia,

(R. V. 1960)

¿Ven amados?

El diablo opera en sus hijos.

¿Por qué los desobedientes (1 Pedro 2: 8) o lo que es lo mismo, los hijos de desobediencia (Efesios 2: 2) son los hijos del diablo?

Revisando los versículos expuestos, podemos darnos cuenta, que mientras el evangelio se expresa así de los hijos del diablo, en cambio, referente a nosotros, quienes también en un tiempo anduvimos en desobediencia, el evangelio habla de nosotros en (Efesios 2: 1 – 2) en una forma muy amable y delicada, calificándonos como aquellos que en otro tiempo, seguimos la corriente del diablo, motivo por el cual estábamos muertos en nuestros delitos y pecados; pero con la salvedad, de que a nosotros, Dios nos dio vida y nos convirtió en hijos de Luz, o sea, en sus hijos (1 Tesalonicenses 5: 5; 1 Pedro 2: 9).

¡Fuimos destinados para ser hijos de Luz!

¿Por qué a nosotros, con estos antecedentes de desobediencia, no se nos menciona como hijos de desobediencia, sino como hijos de Luz?

¡Claro!, ya sabemos que somos elegidos. ¡Pero también hemos desobedecido!

¿Quién es entonces, el desobediente para Dios? y ¿Qué es la desobediencia?

Analicemos lo siguiente:

1 Pedro 1:

2. elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas.

(R. V. 1960)

Cuando el texto dice que fuimos elegidos según la Presciencia de Dios, nos está revelando que fuimos elegidos según Cristo.

Cristo, es “La Presciencia de Dios.”

¿Para qué fuimos elegidos?

Para obedecer.

Relaciónese esta declaración del evangelio con (Efesios 1: 3 – 4), cuyo texto nos dice que en Cristo, fuimos bendecidos y escogidos en los lugares celestiales, desde antes de la fundación del mundo.

Por eso en (Romanos 8: 33) “La Palabra” nos dice, que nadie puede acusar a los escogidos de Dios, porque ya están justificados.

¿Justificados de qué?

De la desobediencia.

Los escogidos de Dios, están destinados para Santidad y para Obediencia.

¡Agarre esta revelación! Dios justificó a sus elegidos y aunque fuimos lo peor de lo peor, a nosotros, luego de esta justificación, ¡ya no nos considera desobedientes nunca más! (Isaías 43: 25; Jeremías 31: 34).

¡Somos hijos suyos! ¡No somos hijos de desobediencia!

Cuando Dios lo saca a usted de las tinieblas y lo trae a su Luz Admirable, (1 Pedro 2: 9), siendo Cristo esa “Luz Admirable”, su nueva naturaleza, es de Luz, o sea, de Obediencia, o sea, de Cristo.

Repito:

La nueva naturaleza del redimido de Dios, es de “Obediencia”, o sea, de Cristo.

Otra vez:

El hijo de Obediencia, es aquel cuya naturaleza es Cristo.

Visto de otra manera:

La naturaleza de Cristo, es la Obediencia.

Por eso, el evangelio nos dice en (2 Corintios 10: 4 – 5), que nuestra nueva naturaleza, es una mente nueva, que con el “Poder de Dios”, que es Cristo, triunfa en batalla espiritual, derrotando todo pensamiento  desobediente que se levante contra “El Conocimiento de Dios”, que es Cristo; llevando todo pensamiento a “La Obediencia”, que es Cristo.

Por eso mismo, el evangelio nos certifica que tenemos la mente de Cristo (1 Corintios 2: 16).

En la mente de Cristo, no puede haber otra cosa que no sea, Obediencia.

Analicemos entonces, quiénes son hijos de Obediencia y quiénes son de desobediencia.

Si usted le cree a “La Palabra”, entonces usted debe saber, que su naturaleza es obediente porque ha sido escogido por Dios; y ha sido engendrado en su Naturaleza, para Obediencia, o sea, para Cristo. Ha sido escogido para obedecer la Palabra de Dios.

Por otra parte, los desobedientes son los que no fueron escogidos por Dios ni engendrados en su Naturaleza, por tanto, en sí mismos, no tienen a Cristo morando en sus personas, razón por la cual no obedecen a la Palabra de Dios; y esto, repito, es porque no han sido elegidos para obedecer.

Y si usted y Yo, no somos hijos de desobediencia, no es porque no actuamos desobedientemente, sino porque en “La Presciencia” del Padre, con la santificación del Espíritu Santo, fuimos elegidos en un “Pacto Eterno”, en el cual, Dios, que es “Uno”, dio su Palabra de Gracia para los elegidos y nunca dará marcha atrás de lo que su Palabra estableció en dicho Pacto. (Salmo 89: 34).

Resumamos hasta aquí:

En (1 Pedro 1: 2), el evangelio nos asegura, que los que somos vistos por Dios como obedientes, fuimos elegidos para obedecer; y en (1 Pedro 2: 8), el evangelio nos asegura también, que los desobedientes, ya fueron destinados para ser eso:

¡Desobedientes!

¿Quién es entonces el desobediente para Dios? y ¿Qué es la desobediencia?

Estoy seguro, que hasta aquí, ya se nos ha revelado quien es para Dios, el desobediente, o lo que es lo mismo, el hijo de desobediencia.

Con lo que hemos escudriñado hasta el momento, usted puede concretar sin equivocarse, que, si “La Obediencia” es la naturaleza de Cristo; entonces, “la desobediencia” es la naturaleza de Satanás.

Cristo es “La Obediencia”, desde la eternidad. Así mismo, Satanás es “La desobediencia” desde tiempos eternos.

Esta Obediencia, no consiste en que alguien tenga por sí mismo, la voluntad de obrar haciendo caso al evangelio, pues de ser así, no tendría ningún rol el Espíritu Santo. Lo que valdría en tal caso, sería simplemente, la obra personal de obedecer, lo cual, espiritualmente, no es así.

Si no es el Espíritu Santo el que santifica para obedecer, (1 Pedro 1: 2) entonces la Santificación y la Salvación se darían por las obras y por la decisión de cada persona, de obrar con obediencia, lo cual, repito, no es así; pero la gente con mente religiosa insiste en creer que así es.

La Obediencia se da en los que han sido destinados a ser hijos de “Obediencia”, porque luego de recibir el Espíritu Santo, la persona no puede actuar de otra manera, debido a que  ésta, es su nueva naturaleza:  “La Obediencia”, o sea la naturaleza de Cristo (Hechos 5: 32).

Como puede usted ver, la Obediencia a la Fe (Romanos 1: 5; 16: 26) o al evangelio, no consiste en sentirse presionado por Dios para ser obedientes; ni tampoco consiste en que alguien pretenda ser obediente porque ha tomado la decisión de serlo.

Tampoco, nadie tiene el poder para hacer que alguien acepte a Cristo como su Señor y Salvador.

El Señor Jesús, muy claramente ha dicho, que nadie puede acercarse a Él, si esto no fuere dispuesto por el Padre (Juan 6: 44; 6: 65).

Sólo es Dios el que decide, y sólo es Dios quien tiene el poder de acercar  a sus elegidos, a Cristo, su Hijo.

Sólo puede acercarse a Cristo, todo aquel que ha recibido el Sello de la Obediencia.

Jesús dijo: “Por sus frutos los conoceréis.” (Mateo 7: 16)

Por sus frutos se puede saber, si en alguien mora “La Obediencia” o “la desobediencia.”

Los verbos obedecer y desobedecer, representan en el evangelio, la forma en que las almas, dan testimonio acerca de la naturaleza a la que responden.

Les pongo un ejemplo:

La buena salud de una persona responde a su cuidado nutricional.

Lo mismo podríamos decirlo de esta manera: La buena salud de una persona obedece a su cuidado nutricional.

La buena salud entonces, es una respuesta al cuidado nutricional.

Así podemos entender, que los elegidos de Dios cuando ya hemos sido santificados por el Espíritu Santo, no tropezamos más, con “La Piedra de Tropiezo”, porque obedecemos a la Fe y al evangelio revelado; lo cual quiere decir, que nuestra nueva naturaleza responde a la naturaleza de Cristo, en la que hemos sido engendrados.

Por eso dice el Señor Jesús:

Lucas 7:

23. y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí.

(R. V. 1960)

Reciban ahora esta gran revelación:

1 Juan 2:

9. El que dice que está en luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas.

10. El que ama a su hermano, permanece en la luz, y en él no hay tropiezo.

11. Pero el que aborrece a su hermano está en tinieblas, y anda en tinieblas, y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos.

(R. V. 1960)

Amado de Dios, La revelación que aquí nos da el evangelio es, que el Señor Jesucristo es nuestro hermano (Romanos 8: 29).

El que ama al Señor Jesucristo, es porque tiene en sí mismo, el Sello de su naturaleza obediente, pues, como Dios nos amó primero (Juan 4: 19), nos selló con el Sello del Espíritu obediente de su Hijo, nuestro Hermano.

¿Para qué nos selló?

Para obedecer.

Por esta misma razón, el evangelio registra el siguiente pasaje:

Mateo 12:

48. Respondiendo él al que le decía esto, dijo: ¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?

49. Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos.

50. Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre.

(R. V. 1960)

Todo el que hace la Voluntad del Padre, da Testimonio de estar engendrado en la naturaleza obediente del Señor Jesucristo, nuestro Salvador, quien bajó del cielo, no para hacer su Voluntad, sino la Voluntad del Padre que le envió (Juan 6: 38).

¡Victoria en Cristo Jesús!

Dr. Iván Castro Romero

Próxima entrega: Jesús “La Piedra de Tropiezo” Parte 45

 

 

 

 

 

 

 

45. Jesús: “La Piedra de Tropiezo” PARTE 44: Hermosos son los pies de los que predican el evangelio (Isaías 52: 7; Romanos 10: 15)

En esta entrega, vamos a iniciar el análisis del séptimo momento del sellado del Espíritu Santo, el cual, en el orden metodológico que seguimos, corresponde a la “Obediencia.”

Como sabemos, por lo detallado en los dos capítulos anteriores, de acuerdo al orden que nos da el Espíritu Santo en esta metodología de estudio de la Palabra, visualizamos el Sello de la Obediencia como resultante de la aplicación precedente del Sello de la Purificación o Santidad, correspondiente al sexto momento del sellado.

Para centrarnos de lleno en el análisis del Sello de la Obediencia, es necesario transitar primero, por un puente de Conocimiento bíblico que nos abra el camino para arribar al punto de la comprensión de este Sello, tomando como punto de partida, el Conocimiento que ya hemos recibido acerca del Sello de la Santidad o Purificación, con todo lo que ya hemos escudriñado al respecto del mismo.

Amados de Dios, los invito entonces, a caminar sobre este puente de revelaciones que les voy a exponer, para que nos gocemos y nos equipemos de más Conocimiento, con lo que el Altísimo nos va a seguir enseñando por medio de su Espíritu Santo.

Veamos pues:

En la gran mayoría de las personas que se dicen creyentes, existe por tradición, la tendencia a mirar la “Santidad de Dios” con solemnidad religiosa, la cual, indefectiblemente se exterioriza en el aspecto que presentan los religiosos, con tensas marcas de seriedad en sus semblantes aparentemente contritos (Mateo 6: 16).

Muchos otros, con mente religiosa pero con corazón sincero, en un intento de ser dignos de acercarse al Dios Altísimo, asumen que es necesario poner tal apariencia de formalidad, como una especie de indicador, que ante los ojos observadores, revele una vida piadosa.

Cuando se trata de extrapolar en el razonamiento la Santidad de Dios, hacia la vida de sus elegidos, también existe el mismo escozor que se produce cuando se habla de la Perfección de Dios en relación a la de sus hijos. Esto último ya lo explicamos anteriormente: Si el Perfecto habita en el corazón de sus elegidos, pues estos, son llamados por Él, Perfectos (Salmo 37: 18; Filipenses 3: 15).

De hecho, la Santidad de Dios nadie por impío que fuere, se atreve a objetar, ni en el cielo, ni en la tierra. El lío existencial religioso surge, cuando los muchos religiosos en la tierra, tratan de acercarse al Dios Santo que mora en la Eternidad, sin convicción de poder lograrlo, porque en lo más recóndito de sus conciencias, intuyen que en ellos, no mora la Santidad.

Es así, que para substituir esta incapacidad, descaradamente, en sus concilios blasfemos, con un poder procedente de las tinieblas, optan por presentar como en bandeja para los confundidos habitantes de la tierra, un menú de “santos” para todo gusto y necesidad, designados por sus reprobadas mentes, que desfiguran a su antojo, el verdadero concepto de la Santidad, de la misma forma en que lo hacen con todo lo que es la Verdad de Dios.

¿Por qué muchos religiosos, incluso de corazón sincero, se ven enfrentados con esta complicación de acercarse al Dios Santísimo?

Pues, porque toman el camino equivocado: El de las obras,…Los ritos,…Las tradiciones, en un intento de dar un buen testimonio del cumplimiento de la Ley. Todo esto, porque espiritualmente, están guiados por una mente tenebrosa que lidera los sistemas religiosos de la tierra; y que lo que hace es, llevarlos por caminos de muerte (Proverbios 16: 25).

¿Cómo pues, se puede hacer, para de verdad poder acercarse al Dios Santísimo?

Podríamos decir en forma lacónica, simplemente, que para acercarse al Dios Santísimo, hay que estar en Santidad.

Mas, el Espíritu Santo deseoso de que abundemos en la Gracia de este Conocimiento, quiere que por medio de la explicación exhaustiva de la Palabra, lleguemos a tener una óptima comprensión de los propósitos del Dios Santo en nuestras vidas y del rol que ejerce la Santidad en el cumplimiento de tales propósitos.

Con este efecto, veamos en primer término, lo que dicen las Escrituras en el Antiguo Testamento:

Isaías 57:

15. Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita en la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados.

(R. V. 1960)

Como pueden ver, el Altísimo habita en su casa, con sus santos, los quebrantados de espíritu.

Los santos, son sus elegidos sellados por el Espíritu Santo.

Sólo Dios elige y nomina a sus santos, que en conjunto, forman el cuerpo de Cristo. Son blasfemos, los que se adjudican el poder de nominar santos en la tierra.

No hay santo, que no se haya quebrantado.

Cristo fue quebrantado (Isaías 53: 3) en Obediencia al Padre.

No hay Santidad, sin Quebrantamiento.

No hay otra forma de llegar a la Santidad, que no sea a través del Quebrantamiento del corazón, el cual, es el primer momento del proceso del sellado del Espíritu Santo, el mismo que marca el inicio de todo el proceso hacia la Santidad.

Como veremos más adelante, sólo en la Santidad, brilla la Obediencia. Cristo es el Testimonio de esto.

Sin Santidad, no hay forma de acercarse a Dios para habitar con Él en sus moradas.

El Señor Jesús, nos habla personalmente en su evangelio, diciendo:

Juan 14:

2. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.

3. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.

4. Y sabéis a donde voy, y sabéis el camino.

(R. V. 1960)

Aquí pueden ver mis amados, que el mismo Señor Jesús nos revela, que en la casa del Santísimo, hay muchas habitaciones para sus santos.

Tales habitaciones son puras, por tanto, nada inmundo puede entrar en ellas. Sólo pueden entrar sus santos.

Por esta razón, el Señor Jesús se fue a preparar tales moradas: Una para cada uno de sus escogidos.

Para que sus escogidos sean dignos de entrar a ocupar estas moradas eternas y santas, el Señor Jesús ofrece volver a tomar para Él, a los suyos, para introducirlos en la casa del Dios Altísimo, haciéndolos partícipes de su Santidad.

Recuerden entonces, que también el Señor Jesús dijo lo siguiente:

Juan 16:

7. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré.

8. Y cuando el venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.

(R. V. 1960)

¿A qué viene entonces el Consolador, enviado por el Señor Jesús después de su partida?

Pues viene a consolar a los quebrantados, a convencerlos de lo que es la Santidad, llevándolos por el proceso del sellado de su Espíritu, hacia un estado de Santidad, que les permita entrar en tales moradas santas y eternas.

El Espíritu Santo, es pues, quien con el Sello de la Santidad, nos enseña cómo conducirnos en Obediencia, por el camino de la Santidad, rumbo a la casa del Dios Santo.

Por eso también dice el Señor Jesús:

Juan 14:

26. Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará, todo lo que os he dicho.

(R. V. 1960)

El Espíritu Santo, nos enseña todo lo que debemos hacer para transitar en Santidad (Filipenses 2: 13), porque la Santidad, es el Sello indispensable de la vida de Obediencia; y a su vez, la Obediencia, es el Sello indispensable, a través del cual brilla la Santidad de los hijos de Dios.

Recuerden lo que dijo el Señor Jesús:

Juan 6:

38. Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.

(R. V. 1960)

Aquí, en este versículo, claramente nos expresa el Señor Jesús, su Obediencia al Padre.

Por eso, el Padre se expresa de esta manera en el evangelio:

Mateo 3:

17. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.

(R. V. 1960)

El evangelio también se refiere así, al Señor Jesús:

Filipenses 2:

8. y estando en condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

(R. V. 1960)

Sigamos ahora, con lo que con respecto al acercamiento al Dios Santo, nos revela el evangelio en el Nuevo Testamento:

Santiago 4:

8. Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones.

9. Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza.

10. Humillaos delante del Señor, y él los exaltará

(R. V. 1960)

Como ustedes pueden ver, amados entendidos, en el versículo 8, el evangelio nos presenta la dualidad recíproca del proceso de acercamiento entre Dios y sus elegidos, acortando por el Poder de su Espíritu, cada vez más nuestra distancia con Él, hasta el día de la redención, dentro de una obra de pureza y Santidad, ejecutada en nuestras vidas.

Por tal motivo se expresa así el evangelio:

Filipenses 1:

6. estando persuadidos de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo;

(R. V. 1960)

En realidad, el acercarse en Santidad, al Dios Santo, no es obra personal liderada por la voluntad del creyente. Este es un evento, liderado por el Espíritu Santo, en los escogidos de Dios.

Esto lo entenderán los religiosos, cuando el mismo Señor Jesucristo les quite el velo, que les nubla en Entendimiento (2 Corintios 3: 14).

El acercamiento a Dios, es un evento de inefable alegría (1 Pedro 1: 8); sin embargo, parecería que en el versículo 9 del texto mencionado de Santiago, el evangelio pide tristeza al creyente para darle la oportunidad de acercarse a Dios.

En realidad, de lo que se trata esta tristeza, es del Quebrantamiento, que como ya lo hemos visto en entregas anteriores, es una acción que Dios opera en el corazón de sus elegidos; y que la llama circuncisión espiritual, la cual produce el nuevo nacimiento en el Espíritu.

Así nos dice enfáticamente y con gozo, el Apóstol Pablo:

2 Corintios 7:

9. Ahora me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios, para que ninguna pérdida padecieseis por nuestra parte.

10. Porque la tristeza que es según Dios, produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte.

(R. V. 1960)

Por eso, para los que han nacido de nuevo, que son los santos de Dios, hay esta promesa:

Apocalipsis 21:

4. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.

(R. V. 1960)

Recuerden, que para los nacidos de nuevo, las cosas viejas pasaron, todas son hechas nuevas (2 Corintios 5: 17).

Sucede entonces, que este Quebrantamiento que conduce a la Santidad, es un momento de Alegría, Sanidad y Vida, el cual, para la Eternidad, contrarresta a la amargura del viejo hombre, que anteriormente estuvo contaminado por la inmundicia del pecado y subyugado en el imperio del príncipe la muerte.

Observen lo que dice el evangelio:

Hebreos 12:

15. Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios, que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados, 

(R. V. 1960)

Amados de Dios, tengan en cuenta, que una característica de alguien, que por el Espíritu Santo ha sido perfeccionado en Santidad, es la Alegría.

Esto es así, porque estamos ungidos por el Óleo de la Alegría (Hebreos 1: 9):

Salmo 45:

7. Has amado la justicia y

aborrecido la maldad;

Por tanto, te ungió Dios, el Dios tuyo,

Con óleo de alegría más que a tus compañeros

(R. V. 1960)

Ahora bien, con los antecedentes expuestos, quiero mencionar lo siguiente: Que si existe en el diccionario, alguna palabra que describa toda la magnificencia que hay en la pureza que representa el Sello de la Santidad, esta palabra sin duda alguna, es: “Hermosura.” (Salmo 145: 5).

En la Alegría, la Sanidad y la Vida, que se encierran en la Santidad, la cual nos da Dios en el nuevo nacimiento por medio del Espíritu Santo, no puede haber otra cosa más llamativa y sublime, que la Hermosura.

Esta es la Hermosura de los quebrantados de espíritu, porque han sido quebrantados por Dios, o lo que es lo mismo, han sido hermoseados por Dios, quien los sacó de la arrogancia de la carne, para ponerlos en la humillación del espíritu.

Esta es la hermosura que aborrecen los arrogantes e impíos. No la soportan, porque ella es Luz, mas ellos son tinieblas (Juan 3: 20 – 21).

Los que han sido humillados por Dios, luego son por Él, exaltados. La exaltación de Dios para sus elegidos, es la Santidad, un Sello lleno de Luz y Hermosura. La misma hermosura del que la otorga.

Entonces, cuando hablamos de Santidad o Purificación, hablamos de Hermosura; y así, estamos hablando del mismo Señor Jesucristo. He aquí, otros de sus nombres:

Él es:

Hermosura

Alegría

Sanidad

Vida

Santidad

En donde Él habita, hay Hermosura, Alegría, Sanidad, Vida.

Hay Santidad.

Todas estas características, son condiciones espléndidas de la naturaleza de Cristo.

Y si Cristo habita en el corazón de ustedes mis amados, entonces, en ustedes hay Hermosura, porque allí habita su Naturaleza Hermosa.

¡¡Ustedes santos de Dios, son hermosos!!

La Santidad de nuestras vidas, es por tanto, Hermosura.

Esta Santidad entonces, no nos debe poner solemnes, sino gozosos y agradecidos. Debe tenernos cantando himnos y alabanzas (Efesios 5: 19; Colosenses 3: 16) a quien nos hizo santos.

Esta es la Santidad, requisito indispensable, que se nos ha dado para acercarnos al Dios Santísimo y para que Él, se acerque a nosotros.

Así lo expresan las Escrituras:

Salmo 29:

2. Dad a Jehová la gloria debida a su nombre

Adorad a Jehová en la hermosura de la santidad

(R. V. 1960)

Salmo 96:

9. Adorad a Jehová en la

Hermosura de su santidad;

Temed delante de él, toda la tierra.

(R. V. 1960)

Si usted es santo amado lector, entonces, usted es hermoso, porque obedece a la misma naturaleza hermosa del Dios Santísimo.

Tome en cuenta, que he dicho “obedece”, o sea, que responde por ley del Espíritu, a  la naturaleza del Padre que lo engendró y lo santificó.

En esta naturaleza obediente, en la que ha sido engendrado todo santo, luego de recibir el Sello de la Obediencia, por Ley del Espíritu, comienza en el mundo, a predicar el evangelio.

¿Sabía usted, que no hay nadie más hermoso, que aquel que predica el evangelio y que no hay nadie más abominable y aborrecible a los ojos de Dios, que aquel que tuerce la Verdad del evangelio?

Cuántos predicadores hay en la actualidad, que ante el discernimiento espiritual de los santos de Dios; y no se diga ante los ojos de Dios, son indoctos (2 Pedro 3: 16), porque añaden vana palabrería a la Verdad del evangelio, con el fin de figurar y redituar de los incautos en sus congregaciones.

Estos que abundan en este tiempo y que se los ve buscando fama en los medios televisivos internacionales, no son más que fariseos, que leudan la masa del pan de la Palabra (Gálatas 5: 9) y la inflan con vanidades (2 Pedro 2: 18 – 19).

Las Escrituras nos confirman la hermosura de los santos que hablan y difunden la Palabra de Dios sin levadura:

Isaías 52:

7. ¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación, del que dice a Sion: ¡Tu Dios reina!

(R. V. 1960)

Lo ratifica el evangelio en el Nuevo Testamento:

Romanos 10:

15. ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!

(R. V. 1960)

Recuerden amados entendidos, que cuando las Escrituras se refieren a los pies, están simbolizando, primeramente al Santo por excelencia; y luego a los espíritus de los santos que predica el evangelio (Job 23: 11; Salmo 17: 5; Salmo 18: 33; Salmo 119: 105; Cantares 7: 1; Nahum 1: 15; Habacuc 3: 19; Juan 13: 5 – 14; Efesios 6: 15).

Si su espíritu tiene a Cristo; entonces, su espíritu es hermoso, porque tiene al Hermoso por excelencia. Donde está el Hermoso, hay Hermosura.

Lo que nos dicen los textos de Isaías y Romanos es, que quienes predican el evangelio, están llenos de la Santidad de Cristo.

¿Por qué hablamos de la hermosura en este tránsito al análisis de la Obediencia?

Pues, porque la Hermosura, se va ver reflejada en los dones del Espíritu que proyecta todo santo.

La Obediencia, no es una carga de tareas impuestas por Dios a sus santos, sino la expresión de su naturaleza Divina en todos los que ha engendrado como hijos.

Esta expresión es una ley natural del Espíritu, que en la acción de los santos, da testimonio viviente de Aquel que los ha engendrado.

Dios es Hermoso y hermoso es todo lo que Él hace.

Todo el que es nacido de Dios, es Hermoso, porque tiene la Santidad que es Cristo, habitando en su corazón. Esto es, porque desde antes de la fundación del mundo, ha sido destinado a Obediencia (1 Pedro 1: 2), desde el mismo vientre de Dios, junto con Cristo, el Primogénito de los hermanos (Romanos 8: 29).

En el sello de la Obediencia que tiene todo santo, se ve reflejada la Hermosura y Santidad de Dios.

Los que no han nacido de Dios, aunque físicamente sean atractivos, sus espíritus inmundos son feos y abominables, porque así mismo, han sido destinados a ser desobedientes (1 Pedro 2: 8).

¡Victoria en Cristo Jesús!

Dr. Iván Castro Romero

Próxima entrega: Jesús “La Piedra de Tropiezo” Parte 45

 

 

 

 

 

 

 

 

 

44. Jesús: “La Piedra de Tropiezo” PARTE 43: Sin Santidad, nadie verá al Señor (Hebreos 12: 14)

En este capítulo, vamos a continuar con el análisis del Sello de la Purificación o Santidad.

Como sabemos, de acuerdo a esta metodología que vamos siguiendo, guiados por el Espíritu Santo, el Sello de la Obediencia que analizaremos en el próximo capítulo, se asienta en el Sello de la Purificación, y este a su vez, se asienta en el Sello de la Fe.

También sabemos ya, que el Sello de la Fe, se asienta en el Sello del Conocimiento…Que este, se asienta en el Sello del Entendimiento…Este, en el Sello del Arrepentimiento…Y este último, en el Sello del Quebrantamiento.

En realidad, como ya lo hemos expresado antes, no es que sean siete sellos, sino un solo Sello que contiene estos siete elementos, con los que en siete momentos secuenciales, Dios sella a cada integrante de su pueblo elegido.

También hemos expresado, que esta secuencia es tan sólo metodológica, para que estos elementos sean vistos por separado en el análisis, aportando cada uno en su momento, espléndidas revelaciones del profundo misterio del Sello del Espíritu Santo.

Prosiguiendo en el análisis, animo al lector, a revisar las entregas 31 y 32. En estas entregas, analizamos el Sello del Arrepentimiento, el cual, se nos reveló como el Verdadero Ayuno, haciéndonos ver que este Sello, una vez implantado, ya no nos deja más, ingerir cosas espirituales inmundas que contaminen el corazón, tales como fornicación, avaricia (Efesios 5: 3), pasiones desordenadas, malos deseos, idolatría (Colosenses 3: 5), etc.

¿Por qué les hago retornar al análisis del Sello del Arrepentimiento?

Esto lo hago, para que observen que el Sello de la Purificación o Santidad, viene resultando como parte de un proceso espiritual perfectamente planeado por Dios, pues nadie puede llegar a la Santidad, si alberga en su corazón algún rastro de inmundicia (Santiago 1: 21).

Quien ya está en el Ayuno, que es Cristo, ya no come inmundicias. El corazón en Ayuno, repleto del Espíritu de Cristo, no come las cosas sucias del mundo.

¡Imposible, que el Espíritu de Cristo se alimente de las cosas del mundo!

Por eso el Señor Jesús dijo:

Mateo 15:

18. Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre.

19. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias.

20. Estas cosas son las que contaminan al hombre; pero el comer con las manos sin lavar no contamina al hombre.

(R. V. 1960)

Como pueden observar, amados de Dios, el lavado material de las manos sucias, no tiene nada que ver con la Santidad. Lo que cuenta es el lavado del espíritu, con el agua de la Palabra.

El corazón en Ayuno, es un corazón puro, lavado con el Agua de la Palabra, por tanto es un corazón que tiene el Sello de la Purificación o Santidad.

Cualquier persona con ayuno religioso de comida pero sin el Verdadero Ayuno o Sello del Arrepentimiento, posee un corazón inmundo, no regenerado,…No purificado,…Sin Santidad, aunque la quiera aparentar con fe fingida (1 Timoteo 1: 5; 2 Timoteo 1: 5).

Retomando el análisis, todo el proceso del sellado comienza con el Sello del Quebrantamiento y culmina con el Sello de la Obediencia.

Examinemos entonces, que a la Santidad, que es el sexto momento del sellado, nadie puede llegar por medio de la religiosidad; es decir por medio de fe fingida, a base de obras, sino como efecto de la regeneración espiritual, que es la obra perfecta de Dios (Isaías 26: 12; Juan 6: 29; Efesios 2: 10), por medio del Espíritu Santo, dentro de un proceso espiritual, en un orden perfecto, dispuesto por Dios (1 Corintios 14: 33).

Menos, se puede llegar a la Santidad, como parte de un decreto de hombres; y menos aún, si estos hombres son blasfemos, embaucadores de multitudes y adulteradores de la Verdad bíblica, que inundan al mundo religioso con muchedumbre de “santos”, designados por decretos, expedidos dentro de sus abominables concilios.

Así dicen las Escrituras:

Proverbios 30:

12. Hay generación limpia en su propia

opinión,

Si bien no se ha limpiado de su inmundicia.

(R. V. 1960)

Es por esto, que el Señor Jesús, con su Palabra Eterna, les habló así a los religiosos de su tiempo, y de todos los tiempos:

Mateo 23:

27. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.

(R. V. 1960)

Como pueden ver, en la religiosidad de estos individuos no había Santidad, sino hipocresía, que es inmundicia.

Volviendo al punto, dentro de la secuencia que analizamos, correspondiente al Sello de la Purificación o Santidad, repito, debemos nuevamente recalcar, que nadie puede tener este Sello, si no ha sido previamente sellado con el Sello de la Fe.

¿Por qué?

Porque, según lo hemos recibido en revelación, la Fe, es el mismo Espíritu Santo Purificador (Malaquías 3: 2).

Así lo aseguran las Escrituras:

Salmo 51:

10. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,

Y renueva un espíritu recto dentro de mí.

(R. V. 1960)

Y de acuerdo al siguiente versículo, el Espíritu de la Palabra que es quien lava las inmundicias (Efesios 5: 26), no es aprovechado por quienes carecen de Fe:

Hebreos 4:

2. Porque también a nosotros se  nos ha anunciado la buena nueva como a ellos; pero no les aprovechó oír la Palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron.

(R. V. 1960)

Por eso, los religiosos creen que son puros, pero no lo son, esto es, mientras el Espíritu Santo, no haga la operación completa de la regeneración en el corazón de ellos (Tito 3: 5); y esto ocurre, siempre y cuando estén inscritos en el Libro de la Vida (Lucas 10: 20; Filipenses 4: 3; Apocalipsis 3: 5), o lo que es lo mismo, en la Promesa del Pacto (Salmo 89: 34; 111: 5; Isaías 55: 3; Romanos 9: 8; 1 Juan 2: 25).

Presten atención  a lo que menciona el siguiente versículo:

Proverbios 30:

5. Toda palabra de Dios es limpia;

Él es escudo a los que en él esperan.

(R. V. 1960)

De manera que, si la Palabra ha hecho su operación de Purificación (Isaías 28: 21; Efesios 1: 19; 3: 7), no hay forma de quedar a expensas de la inmundicia de la religiosidad.

En su operación, para sellar Dios a sus hijos con el Sello de la Purificación o Santidad, tiene que recurrir a la disciplina. Así lo expresa el evangelio:

Hebreos 12:

6. Porque el Señor al que ama, disciplina

Y azota a todo el que recibe por hijo.

(R. V. 1960)

Job 5:

17. He aquí, bienaventurado es el hombre

a quien Dios castiga;

Por tanto, no menosprecies la

corrección del Todopoderoso.

(R. V. 1960)

Entonces nos preguntamos:

¿Para qué, Dios nos disciplina?

Pues, para sellarnos con la Santidad o Purificación, ya que este Sello es la base del Sello de la Obediencia.

Veamos lo que dice el evangelio:

Hebreos 12:

9. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaron, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos?

10. Y aquellos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero este para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad.

(R. V. 1960)

Entonces, queda esto así:

Dios nos disciplina, para que seamos santos, porque quiere que participemos de su Santidad; es decir, quiere que formemos parte del Cuerpo de Cristo.

Por esta razón el evangelio se pronuncia de esta manera:

Hebreos 12:

14. Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.

(R. V. 1960)

Y más contundentemente, en cuanto a la entrada a la ciudad de Dios, la Jerusalén celestial, o cuerpo de Cristo, o Reino de Dios:

Apocalipsis 21:

27. No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero.

(R. V. 1960)

Una vez más, aunque moleste a algunos el tema de la predestinación, hay que destacar, según lo menciona el versículo anterior, que sólo reciben el Sello de la Santidad, quienes están inscritos en el Libro de la Vida.

Para los estudiosos de la Biblia, que siguen esta página de análisis de la Palabra de Dios, si no lo sabían, les hago conscientes, del paralelismo que existe entre el Libro de Levítico del Antiguo Testamento, con el Libro de Hebreos del Nuevo Testamento.

El Primero, habla de las disposiciones religiosas de Jehová hacia los sacerdotes, para la Purificación de los pecados del pueblo; mientras el segundo revela la Santidad del pueblo de Dios, conseguida por Cristo, quien es el Sumo Sacerdote Eterno, en el orden de Melquisedec, y al mismo tiempo es el Cordero de Dios, que con su sangre limpia de toda inmundicia de pecados, a su pueblo escogido y amado.

Antes de concluir esta entrega, animo al estudioso de la Biblia, a que lea ambos libros, para que tome gran conciencia de lo que significa el Sello de la Santidad.

Por lo pronto, y hasta que lo haga, me permito transcribir este texto del Libro de Hebreos, que prácticamente lo resume todo:

Hebreos 10:

1.     Porque la Ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan.

2.     De otra manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una vez, no tendrían ya más conciencia de pecado.

3.     Pero en estos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados;

4.     porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados.

5.     Por lo cual, entrando en el mundo dice:

Sacrificio y ofrenda no quisiste;

Mas me preparaste cuerpo.

6.     Holocaustos y expiaciones por el

pecado no te agradaron.

7.     Entonces dije: He aquí que vengo,

oh Dios, para

hacer tu voluntad,

Como en el rollo del libro está

escrito de mí.

8.     Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la Ley),

9.     y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último.

10.   En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.

11.    Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismo sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados;

12.    pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a diestra de Dios,

13.     de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies;

14.     porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.

15.     Y nos atestigua lo mismo el Espíritu Santo; porque después de haber     dicho:

16.     Este es el pacto que haré con ellos

Después de aquellos días, dice el

Señor:

Pondré mis leyes en sus

Corazones,

Y en sus mentes las escribiré,

17.      añade:

Y nunca más me acordaré de sus

pecados y transgresiones.

18.      Pues donde hay remisión de estos, no hay más ofrenda por el        pecado.

19.      Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo,

20.      por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne,

21.      y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios,

22.      acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.

23.       Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió.

24.        Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras;

25.        no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.

26.        Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados,

27.        sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios.

28.         El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o tres testigos muere irremisiblemente.

29.         ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?

(R. V. 1960)

¡Victoria en Cristo Jesús!

Dr. Iván Castro Romero

Próxima entrega: Jesús “La Piedra de Tropiezo” Parte 44

 

 

43. Jesús: “La Piedra de Tropiezo” PARTE 42: Bienaventurados los de limpio corazón porque ellos verán a Dios (Mateo 5: 8).

Damos inicio ahora, al análisis del sexto momento del proceso del sellado del Espíritu Santo: “La Purificación.”

En esta ocasión, vuelvo a insistir en que el Sello del Espíritu Santo es de carácter eterno; y es aplicado en el elegido de Dios, de forma irrevocable (Romanos 11: 29) de una sola vez y para siempre.

El Espíritu Santo ha tenido a bien, el otorgarme el diseño de esta metodología de estudio, que he venido secuencialmente presentando por capítulos, para que los estudiosos de la Palabra, accedan sin dificultad, al discernimiento y comprensión del misterio que este Sello encierra desde tiempos eternos (Romanos 16: 25).

Esta metodología, como les consta hasta aquí a los seguidores de este estudio, muestra la aplicación del Sello, dentro de un proceso ordenado por etapas.

Cuando los amados de Dios que siguen este estudio, lleguen a integrar en sus mentes todas las etapas del sellado, entonces, todo el Conocimiento acerca del Sello del Espíritu Santo, quedará patente como lo que es: Espiritual y eterno.

Tenga por seguro, que con todo este Conocimiento, una vez integrado, le será más fácil al estudioso bíblico, extraer las revelaciones del evangelio eterno, las mismas que están expuestas en abundancia en todo el contenido de las Sagradas Escrituras.

En esta entrega, el Espíritu nos devela los aspectos referentes a la sexta etapa de su aplicación sobre el corazón de los elegidos de Dios.

Procedamos pues, sin más preámbulos a transcribir lo que el Espíritu Santo nos enseña:

Primeramente, examinemos el sitio que ocupa la etapa del Sello de la Purificación, dentro de la secuencia establecida en el proceso del sellado.

Según nuestro esquema metodológico, la Purificación  ocupa el sexto momento del proceso de aplicación del Sello del Espíritu Santo, puesto que el quinto momento, le corresponde a la Fe; y el séptimo, a la Obediencia.

La secuencia, puede ser revisada en la entrega 27.

En esta secuencia, La Palabra nos revela, que en esta etapa del Sellado, la Fe purifica los corazones.

Repito: la Fe es el quinto momento y la purificación, el sexto.

Confirmemos esto, con los siguientes versículos:

Hechos 15:

8. Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros;

9. y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando por la Fe sus corazones.

(R. V. 1960)

Como pueden apreciar mis amados, la Purificación es un momento secuencial inmediato posterior a la aplicación del Sello de la Fe.

Recordemos algo que ya hemos tratado antes: Que la Fe, no es un atributo ni circunstancia alguna que se pueda describir, sino que es el mismo Espíritu de Dios, habitando en el corazón del hombre regenerado (Hebreos 12: 2).

De tal forma que, quien tiene Fe, tiene el Espíritu de Dios morando en sí mismo.

Esto lo hace notar claramente el versículo expuesto; pero, confirmemos una vez más con otro versículo, la secuencia de la Purificación a partir de la Fe:

1 Tesalonicenses 5:

23. Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.

(R. V. 1960)

Aquí hay otro versículo que confirma lo mismo:

2 Tesalonicenses 2:

13. Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad,

(R. V. 1960)

En los versículos precedentes se habla de Santificación. Cabe mencionar entonces, que la Santidad es lo mismo que la Purificación, de cuyo Sello estamos tratando.

Tómese en cuenta entonces, que Santidad es igual que Purificación.

Ratifiquemos en este momento del análisis, que la Purificación o Santidad, como Sello del Espíritu Santo, al igual que los otros momentos del Sellado que ya hemos descrito, forman parte de un mismo hecho y de un mismo momento, que es espiritual y eterno.

Veamos lo que al respecto dice la Palabra en:

Jeremías 1:

5. Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones.

(R. V. 1960)

Cuando la Palabra habla aquí del vientre, se refiere a la misma naturaleza de Dios y no al vientre carnal de una madre. De tal forma que, al ser engendrados carnalmente en el vientre de una madre, ya nacimos bajo la promesa de la Purificación o Santidad, otorgada en el mismo vientre o naturaleza de Dios. Confírmese esto en (Isaías 44: 2; 24; 46: 3).

Es importante entender esto, para entender también todo lo que concierne al próximo momento del sellado, que es la Obediencia; y de la cual trataremos en una próxima entrega.

Hasta aquí, ya hemos visto en primer lugar, que la Purificación o Santidad sólo se da en el elegido de Dios y a partir de la Fe, o lo que es lo mismo, a partir de la presencia del Espíritu de Dios en su corazón.

También hasta el momento, hemos ratificado la esencia espiritual y eterna del Sello de la Purificación.

Ahora, para lo que sigue del análisis de esta etapa, es necesario, plantear una pregunta clave, esta es:

¿En qué consiste la Purificación?

A partir del siguiente versículo, encontremos la respuesta:

2 Timoteo 2:

19. Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este Sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo.

(R. V. 1960)

¿En qué consiste entonces, la Purificación?

Nos dice el evangelio, que quien tiene el Sello del Espíritu Santo, se aparte de iniquidad.

No es que Dios nos está solicitando en este versículo, que nos apartemos de iniquidad, sino que lo está decretando:

¡Apártese de iniquidad!

Es un decreto divino. Es una orden del cielo. Es un Sello.

Ya hemos analizado reiterativamente, que la Fe es el mismo Espíritu Santo; de tal forma que, quien tiene el Sello de la Fe, está apartado por Dios, de toda iniquidad. Y es, que no puede ser de otra manera.

La iniquidad o impureza, es contraria a la Santidad o Purificación.

Con el Sello del Espíritu Santo, hay Purificación. Sin el Sello hay inmundicia.

Esto quiere decir, que el Espíritu Santo, aparta al amado de Dios, de toda impureza.

Esto es precisamente a lo que las Escrituras llaman “Santidad.”

La Santidad, es el apartamiento que Dios hace por el Espíritu Santo, de cada uno de los habitantes de su pueblo celestial, de las impurezas del mundo material, dentro del cual debe peregrinar temporalmente.

Así lo expresa su Palabra desde el principio:

Levítico 20:

26. Habéis, pues, de serme santos, porque yo Jehová soy santo, y os he apartado de los pueblos para que seáis míos.

(R. V. 1960)

Por esto es, que el Señor Jesús, cuando oraba, le pedía así al Padre:

Juan 17:

15. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal.

16. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.

17. Santifícalos en tu verdad; tu Palabra es verdad

(R. V. 1960)

El momento en que la Fe produce Purificación o Santidad es un momento de perfeccionamiento del hijo de Dios, en el cual Dios hace perfecto a su elegido por medio de la Sangre del Pacto Eterno.

Comprobémoslo en el siguiente versículo:

Hebreos 10:

14. porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.

(R. V. 1960)

¿Pueden ver cómo en el versículo anterior, y en general en las Escrituras, Dios habla de los perfectos?

Revisen todos los versículos que les expongo a continuación, para que lo comprueben:

(Números 32: 12; Salmos 37: 18; 119: 1; Proverbios 2: 21; 11: 20; 28: 10; Mateo 5: 48; Juan 17: 23; Filipenses 3: 15; Colosenses 4: 12; Hebreos 12: 23; Santiago 1: 4).

¿Quiénes son pues, los perfectos a los que Dios se refiere en las Escrituras?

Son los que han sido purificados con el Sello del Espíritu Santo.

Todos quienes tienen el Sello del Espíritu Santo, dicho en forma sencilla, son santos, están purificados y son perfectos.

Dicho de otra manera, los perfectos son los santos, o sea, los que han sido apartados por el Sello del Espíritu Santo, de toda iniquidad existente en el mundo y regenerados por la Palabra (Juan 17: 17).

¿Han notado amados de Dios, que los que tienen espíritu religioso se escandalizan, si un hijo de Dios les habla de la perfección?

La primera reacción es responder con pudor, que nadie es perfecto, que sólo Dios es perfecto.

Al respecto, vean lo que nos revela el evangelio:

Filipenses 3:

15. Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios.

(R. V. 1960)

Por eso es necesario estar dotados del Sello de la Fe, porque de otra manera no se puede tener la convicción de la perfección que el Sello del Espíritu Santo nos ha otorgado; y si no hay esa convicción de perfección, es porque no hay Fe ni hay Purificación; y por lo tanto, tampoco hay convicción de haber entrado en el Reino de Dios (Mateo 11: 12).

Ahora, preguntémonos:

¿De qué manera Dios nos purifica y santifica y nos hace perfectos por medio de su Sello?

Que la misma Palabra del evangelio revelado nos responda con los siguientes versículos:

Efesios 5:

26. para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra,

Este versículo, se refiere a la iglesia, esposa de Cristo.

(R. V. 1960)

Hebreos 1:

3. el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas,

(R. V. 1960)

Hebreos 2:

10. Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos.

11. Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos,

(R. V. 1960)

Hebreos 10:

10. En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.

(R. V. 1960)

Hebreos 10:

14. porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.

(R. V. 1960)

Como ven, amados entendidos, en la Sabiduría de Dios, es necesaria primero la presencia de la Fe, para creer en esa ofrenda y en ese lavamiento de nuestras iniquidades, para quedar purificados o santificados…Perfectos.

La falta del Sello de la Fe, indica presencia de pecado e iniquidad, que es impureza e imperfección.

Quienes no tienen el Sello de la Fe, por supuesto que no creen en la ofrenda de Cristo, y tampoco tienen el  Conocimiento del sacrificio de Cristo en la Cruz.  Sin este Conocimiento que como ya lo hemos estudiado, es un Sello previo al de la Fe, no hay nada.

Finalmente, preguntemos:

¿Para qué Dios nos purifica y nos hace perfectos?

Dice el evangelio, que Dios nos ha llamado a Santificación:

1 Tesalonicenses 4:

7. Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación.

(R. V. 1960)

Aquí, insistimos en la misma pregunta, pero planteada de otra manera:

¿Para qué Dios nos ha llamado a Santificación?

Encontremos la respuesta en los textos que expongo a continuación:

1 corintios 6:

9. ¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones,

10. ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios.

11. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.

(R. V. 1960)

En el último párrafo, una vez más se nos confirma que por la Fe, o sea, por el mismo Espíritu de Dios, hemos sido purificados.

Otra vez, la misma pregunta:

¿Para qué somos purificados?

Sencillo:

Para entrar en el Reino de Dios, tal como lo afirma el versículo 9, pues ningún inmundo puede entrar en el Cuerpo de Cristo, a menos que haya sido purificado por medio de la Única Ofrenda (Hebreos 10: 14).

Veamos lo que desde los tiempos del Antiguo Testamento, nos dicen las Escrituras:

Números 19:

20. Y el que fuere inmundo, y no se purificare, la tal persona será cortada de entre la congregación, por cuanto contaminó el tabernáculo de Jehová; no fue rociada sobre él el agua de la Purificación; es inmundo.

(R. V. 1960)

Ningún inmundo puede ver a Dios.

En la era presente, tiempo de la Gracia, Dios nos cumple a sus elegidos, la promesa de purificarnos, ya no, por medio de rituales religiosos, sino por medio del sacrificio de su Hijo en la cruz.

¿Podrá entonces, alguien purificarse a sí mismo?

Las Escrituras plantean esta pregunta, de la siguiente manera:

Proverbios 20:

9. ¿Quién podrá decir: Yo he limpiado mi corazón,

Limpio estoy de mi pecado?

(R. V. 1960)

Por supuesto que nadie puede hacerlo por su propia iniciativa. Dios es quien nos purifica, por medio de Cristo, el Cordero inmolado.

Veamos lo que dice el siguiente versículo:

1 Juan 3:

3. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.

(R. V. 1960)

Pareciera que el texto diera a entender que cualquiera puede purificarse a sí mismo.  Esto hay que entenderlo bien, pues sólo quien tiene el Sello de la Fe, tiene el Poder de Dios morando en sí mismo, para mantenerse puro, libre del pecado.

El que no ha sido sellado con la Fe, no puede realizar esta operación. Por esto es, que el siguiente texto dice lo siguiente:

1 Juan 3:

6. Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido.

(R. V. 1960)

Como podemos observar, únicamente puede mantenerse puro, el que ha sido sellado por Dios, con el Sello de la Purificación.

Una señal de que alguien no está sellado por el Espíritu Santo, o por lo menos, que no está aún confirmado en la promesa del Sello, es su manifiesta vida carnal contaminada con el pecado, sobre todo, el de fornicación.

Revisemos los siguientes versículos:

Oseas 5:

4. No piensan en convertirse a su Dios, porque espíritu de fornicación está en medio de ellos, y no conocen a Jehová.

(R. V. 1960)

Efesios 5:

3. Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos;

(R. V. 1960)

1 Tesalonicenses 4:

3. pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación;

(R. V. 1960)

Apocalipsis 2:

21. Y le he dado tiempo para que se arrepienta, pero no quiere arrepentirse de su fornicación.

(R. V. 1960)

¿Por qué, Dios nos quiere tener apartados de toda inmundicia y fornicación?

La respuesta de Dios se expresa así en su Palabra:

Levítico 11:

45. Porque yo soy Jehová, que os hago subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios: Seréis, pues, santos, porque yo soy santo.

(R. V. 1960)

Nos hace subir del nivel de la esclavitud de iniquidad, a los niveles gloriosos de Libertad de nuestra Patria, la Jerusalén Celestial.

Levítico 19:

2. Habla a toda la congregación de los hijos de Israel, y diles: Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios.

(R. V. 1960)

Una vez más, les sugiero que consideren, que Dios, no está solicitando al pueblo, que se comporte en santidad, porque como ya lo hemos expresado antes, no depende del individuo purificarse a sí mismo, sino de Dios.

Dios lo que hace en su Palabra, es decretar que su pueblo sea Santo, porque Él es Santo.

No hay forma de participar con Él en inmundicia; y para eso, Él mismo, por la Gracia de su infinito Amor, hace su labor de Santificación de sus elegidos, mediante el Sello de su Espíritu.

Pensar de otra manera es caer en religiosidad; y a esto inducen los falsos pastores y maestros, al pueblo sin Conocimiento (Oseas 4: 6).

El Evangelio ratifica este punto:

1 Pedro 1:

14. como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia;

15. sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir;

16. porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.

(R. V. 1960)

Como ven amados: ¡Escrito está!

La Santidad es un Sello.

La pregunta ¿Para qué Dios nos quiere santos?, todavía exige más respuesta.

Aquí está la respuesta contundente, según lo que expresa el Señor Jesús:

Mateo 5:

8. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

(R. V. 1960)

Sólo los Puros, verán a Dios.

Agreguemos algo más al respecto, con base a lo que menciona el evangelio:

Efesios 5:

25. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a su iglesia, y se entregó a sí mismo, por ella,

26. para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra,

27. a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha.

(R. V. 1960)

Pienso amados de Dios, que el texto anterior, presenta la respuesta clave, a la pregunta del por qué Dios, es exigente en la santidad de sus elegidos:

Siendo que la iglesia es el cuerpo de Cristo, quiere Cristo a la iglesia, presentársela a Sí mismo totalmente Pura. No es para menos, su cuerpo es Puro, Santo y Perfecto.

Recuerden amados, que estamos en los tiempos finales, y al respecto las Escrituras nos alertan sobre lo siguiente:

Daniel 12:

10. Muchos serán limpios, y emblanquecidos y purificados; los impíos procederán impíamente, y ninguno de los impíos entenderá, pero los entendidos comprenderán.

(R. V. 1960)

Tito 1:

15. Todas las cosas son puras para los puros, mas para los corrompidos e incrédulos nada les es puro; pues hasta su mente y su conciencia están corrompidas.

(R. V. 1960)

Apocalipsis 22:

10. Y me dijo: No selles las palabras de la profecía de este libro, porque el tiempo está cerca.

11. El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía.

12. He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra.

13. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último.

14. Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida, y para entrar  por las puertas en la ciudad.

(R. V. 1960)

Para concluir esta entrega, quiero amados de Dios, solicitarles en Cristo, que hagan lo que dice el siguiente versículo:

1 Timoteo 3:

9. que guarden el misterio de la fe con limpia conciencia.

(R. V. 1960)

Con esa limpia conciencia, que es producto de la operación de Dios en sus vidas, mediante el Espíritu Santo, todos podrán decir, como lo expresa el libro de Job:

Job 11:

13. Si tú dispusieres tu corazón, y extendieres a él tus manos;

14. Si alguna iniquidad hubiere en tu mano, y la echares de ti,

Y no consintieres que more en tu casa la injusticia,

15. Entonces levantarás tu rostro limpio de mancha,

Y serás fuerte, y nada temerás;

16. Y olvidarás tu miseria,

O te acordarás de ella como de

Aguas que pasaron.

17. La vida te será más clara que el

mediodía;

Aunque oscureciere, será como la mañana.

18. Tendrás confianza, porque hay

Esperanza;

Mirarás alrededor, y dormirás

Seguro.

19. Te acostarás, y no habrá quien te

Espante;

Y muchos suplicarán tu favor.

(R. V. 1960)

¡Victoria en Cristo Jesús!

Dr. Iván Castro Romero

Próxima entrega: Jesús “La Piedra de Tropiezo” Parte 43

 

42. Jesús: “La Piedra de Tropiezo” PARTE 41: Cuando venga el Hijo del Hombre ¿hallará Fe en la tierra? (Lucas 18: 8)

¡Amados de Dios!

Vamos a concluir en esta entrega, el análisis del Sello de la Fe.

Siguiendo el hilo de lo expresado en la entrega anterior, preguntémonos ahora:

¿Por qué, ante tanta maravilla hecha por Dios, observada y palpada por el pueblo israelita en el pasado, no había Fe en ellos?

¿Por qué ante tanta maravilla que hizo el Señor Jesús en su paso por la tierra, no creyeron en Él ni sus hermanos?

¿Por qué ante la Maravilla del Cristo muerto y resucitado, un hecho que muestra al Dios encarnado, que materialmente se ha dejado ver como hombre, para que toda la humanidad de los últimos veintiún siglos posteriores a su advenimiento, lo reciban espiritualmente; con más intensidad en los tiempos actuales se constata el vacío de Fe que hay en la gran masa de los habitantes de la tierra?

Esta ausencia de Fe se constata en la escalada imparable de la maldad, como lo menciona el Señor Jesús y el evangelio, desde hace veintiún siglos:

Mateo 24:

12. y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará.

(R. V. 1960)

2  Timoteo 3:

1. También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos.

2. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos,

3. sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno,

4. traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios,

5. que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a estos evita.

6. Porque de estos son los que se meten en las casas y llevan cautivas a las mujercillas cargadas de pecados, arrastradas por diversas concupiscencias.

7. Estas siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad.

8. Y de la manera que Janes y Jambres resistieron  Moisés, así también estos resisten a la verdad; hombres corruptos de entendimiento, réprobos en cuanto a la fe.

(R. V. 1960)

Si establecemos una relación lógica de lo expresado en la profecía que emiten estos versículos, con lo que estamos constatando al observar la dinámica del mundo actual en cuanto al comportamiento de los seres humanos; y si a esto agregamos el conjunto de catástrofes naturales también anunciados en las Escrituras, no cabe duda de que ahora más que nunca, estamos presenciando los eventos  profetizados de los últimos días de la tierra.

¡Amados de Dios!

¿Qué es lo que caracteriza a los últimos días de la tierra?

¡Pongan atención, que los Hijos de Dios no somos ingenuos!

¡Los Hijos de Dios tenemos el Conocimiento!

Lo que caracteriza a los últimos días de la tierra, no es el avivamiento del Espíritu Santo en las naciones, como muchos predicadores faltos de Entendimiento y de Conocimiento pregonan a voz en cuello, haciendo tropezar a los simples, que serán destruidos precisamente, por su falta de Conocimiento.

¡Amados de Dios!

¡Lo que caracteriza a los últimos días de la tierra es la falta de Fe!

Los que no utilizamos la Palabra de Dios, como negocio para hacer dinero, a la manera de aquellos que arman sus grandes empresas de “motivación cristiana”, endulzando con palabras lisonjeras, los oídos de los simples; sabemos y predicamos, que todos los sistemas terrenales, en vez de mejorar, empeoran cada vez más, porque al momento presente, la creación gime de dolores de parto, aguardando la manifestación de los hijos de Dios (Romanos 8: 21 – 22).

Los Hijos de Dios, sabemos que pronto, los que duermen en Cristo resucitarán y los que viven en Cristo serán transformados y arrebatados al cielo, como lo ha anunciado el evangelio (1 Tesalonicenses 4: 16 – 17; 1 Corintios 15: 52).

¿Cómo creen ustedes amados de Dios, que quedará espiritualmente la humanidad sobre la tierra, luego de que ocurran estos eventos prometidos a los Hijos de Dios, cuando al momento, la gran masa humana carece de Fe, o sea, carece de Espíritu Santo?

Recuerden la revelación que nos da el Señor Jesús en el siguiente pasaje:

Lucas 18:

7. ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?

8. Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?

(R. V. 1960)

Sabemos que la Fe, es el mismo Espíritu Santo.

Al momento, el misterio de la iniquidad que ya está en acción; pero hay alguien que aún lo detiene (2 Tesalonicenses 2: 7).

¿Quién es el que lo detiene?

Pues, ¡la Fe! O sea, el Espíritu Santo, que mora en el corazón de los hijos de Dios.

La Fe detendrá el misterio de la iniquidad, hasta que ella sea quitada de la tierra, luego del evento del arrebatamiento de los elegidos.

Luego descenderá Cristo con su esposa y por seguro que no encontrará Fe en la tierra, porque la Fe es el Espíritu que une al Esposo con la esposa; y esta, viene con ellos.

Después, todos los elementos ardiendo serán deshechos, como lo han anunciado los santos profetas (2 Pedro 3: 1 – 10), dando lugar al Reino espiritual del Dios Todopoderoso y del Esposo con su esposa (Apocalipsis 21: 9 – 10; 22 – 23).

Como ven amados de Dios, Cristo ha hecho y sigue haciendo maravillas con la humanidad hasta el momento presente, porque es un Dios vivo, que vive cerca de todos, pero sólo pueden verlo quienes están vivos junto con Él.

Las Escrituras nos avisan por medio de Moisés, sobre lo cercano que Cristo estuvo del pueblo israelita, haciendo maravillas con ellos:

Deuteronomio 4:

7. Porque ¿Qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová nuestro Dios en todo cuanto le pedimos?

(R. V. 1960)

Deuteronomio 30:

11. Porque este mandamiento que yo te ordeno hoy no es demasiado difícil para ti, ni está lejos.

12. No está en el cielo, para que digas: ¿Quién subirá por nosotros al cielo, y nos lo traerá, y nos lo hará oír para que lo cumplamos?

13. Ni está al otro lado del mar, para que digas: ¿Quién pasará por nosotros el mar, para que nos lo traiga y nos lo haga oír, a fin de que lo cumplamos?

14. Porque muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas.

(R. V. 1960)

El mismo concepto de las Escrituras del Antiguo Testamento es tan actual, que sin duda, el evangelio lo ratifica y también nos avisa de lo cerca que sigue estando Cristo, todavía haciendo maravillas en la tierra.

Revisemos los siguientes versículos:

Hechos 17:

27. para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros.

28. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje suyo somos.

(R. V. 1960)

Romanos 10:

6. Pero la justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo);

7. o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos).

8. Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos.

(R. V. 1960)

Quienes están vivos junto con Él, son quienes han resucitado junto con Él; y por tanto, tienen el Sello de la Fe.

Quienes tienen el Sello de la Fe son quienes lo pueden ver, cumpliéndose en ellos, lo que el evangelio dice:

2 Corintios 5:

7. (porque por Fe andamos, no por vista);

(R. V. 1960)

¿Qué nos está revelando el versículo precedente?

Qué sólo el Sello de la Fe, nos permite ver a Cristo que está absolutamente cercano y por tanto,  nos permite creer en Él.

Desglosemos esta revelación:

Los israelitas desagradaron y disgustaron a Dios con su incredulidad (Hebreos 3: 7 – 19).

¿Qué significa que eran incrédulos?

Significa que no tenían Fe, o lo que es lo mismo, no tenían el Espíritu Santo.

El hecho de no tener la Fe, o sea, el Espíritu de Dios, los hacía ciegos para las cosas espirituales de Dios. Por eso es, que aun viendo con los ojos físicos, las cosas maravillosas de Dios que se materializaban para ayudarlos, proseguían en sus mismas rebeliones e idolatrías.

Probado está lo que dice la Palabra, que la Fe no surge por lo que capta la vista, sino por lo capta el oído.

Cuando la gente ve un milagro, se maravilla ante el milagro; pero luego de que le pasa la impresión provocada por el milagro, no ocurre ningún cambio en su interior.

Recuerden amados, que en los días en que aparezca el inicuo, este lo hará haciendo prodigios y milagros con todo engaño de iniquidad para los que se pierden.

Los que caigan deslumbrados visualmente por las maravillas cargadas de mentira que hará el inicuo, serán los que se pierden y serán condenados, porque Dios mismo les puso un espíritu engañoso, para que crean en la mentira, por haber rechazado la verdad (2 Tesalonicenses 2: 8 – 12).

Los cambios del corazón y el nuevo nacimiento no se producen por el ver, sino que se dan por el oír.

Así dice el evangelio:

Romanos 10:

17. La fe es por el oír y el oír por la Palabra de Dios.

(R. V.1960)

Los que se pierden, no fueron dotados de oídos para oír, por tanto, nunca tendrán Fe.

Revisemos también, lo que dice el evangelio en:

Juan 2:

23. Estando en Jerusalén en la fiesta de la pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo las señales que hacía.

24. Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos,

25. y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre.

(R. V. 1960)

Observen mis amados, que el evangelio claramente nos indica, que el Señor Jesús, conocía que aquellos que se maravillaban por las señales que Él hacía, no tenía el Sello del Espíritu Santo, por tanto, ellos no eran de su confianza…No eran del agrado de Dios.

Recuerden que sin Fe, es imposible agradar a Dios; o lo que es lo mismo, sin Espíritu Santo, nadie puede agradar a Dios.

El Señor Jesús sabía, que ellos tenían ojos carnales para ver cosas carnales; pero no tenían oído espiritual para escuchar la voz de Dios.

Para quienes no están sellados por el Espíritu Santo, como es fácilmente comprobable, nada de lo que está escrito en la Biblia, tiene sentido.

A los no regenerados por el Espíritu, no les hace sentido lo que hablan los profetas, lo que habla el Señor Jesús, ni lo que hablan los evangelistas; sin embargo, andan atrás de ver milagros; y como ya hemos expuesto antes, dado que al diablo le es permitido hacer también prodigios maravillosos que se ven, como lo hicieron los hechiceros delante de Moisés (Éxodo 7: 8 – 13), estos seres no sellados que se entusiasman con lo que ven, caen en el hoyo (Mateo 15: 14), embaucados ante estos prodigios mentirosos que el padre de la mentira (Juan 8: 44) les hacer ver (Proverbios 27: 20; 2 Tesalonicenses 2: 8 – 12).

Las Sagradas Escrituras para ellos no significan nada; pero no saben que esa misma Palabra de las Escrituras, es la que los extermina.

Así dice el Señor Jesús:

Juan 12:

48. El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero.

(R. V. 1960)

¿Por qué para ellos, las Sagradas Escrituras no significan nada?

¡Pues, porque en ellos no hay Fe!

En ellos, no hay Sello del Espíritu Santo.

Si la Fe es por el oír, entonces, ellos no tienen la capacidad de oír; y si no oyen, no tienen el Sello del Conocimiento, que es previo al Sello de la Fe.

¿Por qué no tienen capacidad para oír?

Porque no tienen habilitado el oído para oír. O sea, no tienen espíritu circuncidado.

Conste que no estamos hablando del oído físico, sino del espiritual, o sea, del espíritu.

¿Qué es lo que habilita el oído para oír?

Recuerden, que cuando hablamos del Sello del Quebrantamiento, explicamos el proceso de la circuncisión del corazón, que es un proceso doloroso.

¿Quién circuncida el corazón, o lo que es lo mismo, el espíritu, o lo que da igual, el oído?

¡Dios es el que circuncida!

Por eso, el versículo anteriormente mencionado dice, que “el oír es por la Palabra de Dios”, o sea, es por circuncisión de Dios, mediante Cristo, que es la Palabra.

La Palabra es más cortante que una espada de dos filos (Hebreos 4: 12). La Palabra es la que circuncida el oído. La Palabra es el Espíritu de Dios. Al circuncidar, la Palabra produce dolor, o sea, quebrantamiento espiritual.

La Palabra es la que circuncida al oído para que oiga. El oído que oye, es el corazón circuncidado en el que se ha implantado el Sello de la Fe.

Mientras la Palabra que es como una espada de dos filos no actúa cortando las membranas de tinieblas del corazón, el oído es incircunciso,…No oye,…No recibe el Conocimiento….

Ratificamos, que si no hay Conocimiento, no hay Fe.

Muchos interpretan equivocadamente el texto de (Romanos 10: 17). Dicen que la Fe es por el oír la Palabra de Dios.

Repito, el texto, en realidad dice, que la Fe es por el oír, y el oír, “por la Palabra de Dios.”

Ya explicamos en una entrega anterior, que si la Fe sólo fuera producto de oír la Palabra de Dios, entonces, todo el que la oye obtendría Fe.

Pero no es así, valga esta oportunidad para refrescar la revelación que ya la expusimos antes:

La Fe, es producto de la Palabra, en su acción de circuncisión.

Sólo en quien Dios ha utilizado la espada de la Palabra, para cortar las membranas de tinieblas de su corazón incircunciso, es que se abre el oído para oír la Palabra; y es la Palabra, la que implanta el Sello de la Fe.

En quien no ha sido escogido para esta operación espiritual del oído y el corazón, no habrá ningún impacto de la Palabra para Fe, ni Salvación.

Sin la circuncisión de Dios, no hay habilitación del espíritu para oír. De hecho, Dios habilita para oír, a todo espíritu que ha sido escogido por la promesa del Pacto Eterno, que fue hecho desde antes de la fundación del mundo. Por eso, hemos dicho, que el Sello es eterno.

De acuerdo a lo que vamos analizando, concretemos entonces, que siendo la Fe y el Conocimiento la misma Persona de Cristo, no puede entonces haber Fe, si no hay Conocimiento.

La Fe, es el Espíritu de Cristo. El Conocimiento, es el Espíritu de Cristo.

Si usted revisa la (las entregas 37 y 38), podrá recordar con lo que allí recalco, que de acuerdo al esquema con que me guía el Espíritu Santo en este estudio, el Sello del Conocimiento es la base de sustentación del Sello de la Fe; y es que, siendo la Fe y el Conocimiento la misma Persona de Cristo, no puede entonces haber Fe, si no hay Conocimiento (1 Corintios 2: 5; Tito 1: 1; Filemón 1: 6).

¿Para qué será que el Sello del Conocimiento es necesario, si Dios en su Soberanía, podría sellar a sus elegidos con la Fe, sin necesidad del Conocimiento?

El Sello del Conocimiento es para conocer a Cristo, que es el autor y consumador de la Fe (Hebreos 12: 2).

Los que tienen el Sello de Fe, tienen garantizado el Reposo…Viven en el Reposo.

El evangelio, expresa con claridad, que los que desagradan a Dios jamás entrarán en su Reposo.

¿Quiénes son los que desagradan a Dios?

Pues, ¡los incrédulos!…O sea, los que no tienen Espíritu Santo.

Los de la Fe, o sea los que tienen el Sello del Espíritu Santo, estarán siempre es el reposo de Dios.

Agarre otra revelación:

El Reposo, es otro nombre del Señor Jesús.

Los que están en Cristo, están en el día de Reposo.

Hay una secta que celebra el día sábado como día de reposo y dicen que creen en Cristo.

De hecho, los israelitas guardan el sábado como ordenanza de reposar y a la par, detestan el nombre de Cristo,…Detestan el nombre de la Persona que es el Verdadero Reposo….

Ya hablaremos ampliamente del Reposo, en futuras entregas.

¿Qué les parece amados de Dios?

¡Será posible que estos religiosos con sus equivocadas prácticas doctrinales, estén sellados con el Sello de la Fe?

¡De ninguna manera!

Si no están sellados con el Conocimiento Revelado, no pueden estar sellados con el Sello de la Fe.

Si no están sellados con el Sello de la Fe, entonces no están en bendición sino en maldición.

Sólo los que tienen el Sello de la Fe, están bendecidos, según lo menciona el evangelio:

Gálatas 3:

9. De modo que los de la Fe son bendecidos con el creyente Abraham.

(R. V. 1960)

En esta Fe de Abraham, que está sustentada en el Sello del Conocimiento, que es el mismo Espíritu de Cristo, es que cobra sentido para el hombre de Fe, todo lo que habla Dios a través de los Profetas, a través del Señor Jesús y a través de sus evangelistas y apóstoles.

¡Victoria en Cristo Jesús!

Dr. Iván Castro Romero

 

Próxima entrega: Jesús “La Piedra de Tropiezo” Parte 42

 

41. Jesús: “La Piedra de Tropiezo” PARTE 40: Sin Fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11: 6)

¡Amados de Dios!

Examinando el tema del Sello de la Fe y sustentados en  (1 Corintios 10: 1 – 10), en la entrega anterior, concluimos diciendo, que los israelitas en el desierto, enfurecieron a Dios, porque pese a que estos vieron y palparon las maravillas que Él hizo, para darles el Testimonio de su Amor, estos se sintieron por demás inconformes, murmurando y querellándose contra Jehová (Números 14: 27).

El pueblo que era llevado por Dios a la Tierra Prometida, no toleraba las incomodidades que encontraba en su travesía por el desierto.

Jehová les acompañaba, les amparaba  y les protegía en todo momento; pero la mayoría de los israelitas se quejaba, murmuraba y extrañaba la vida carnal que llevaron en los tiempos de su esclavitud (Éxodo 16: 2 – 3), a pesar de que en el cautiverio en que vivieron, eran oprimidos y obligados a trabajar en dura servidumbre(Éxodo 1: 12 – 14).

A tal punto extrañaban su vida de esclavitud, que estando ya en libertad, luego de haber sido sacados prodigiosamente de Egipto, despreciaban la comida y toda la asistencia, que en provisiones, Jehová les enviaba para sustentarlos en su peregrinaje por el desierto.

Se manifestaron abiertamente insatisfechos y exigentes, cometiendo además, actos malos, que iban en contra de la Ley dictada por Dios.

El Maná era la comida con que Dios les alimentaba. Esta, era una comida espiritual, que ciertamente, los saciaba.

El Maná que bajaba del Cielo era el mismo Cristo que les daba Vida.

Ellos no tomaron en serio esta Dádiva perfecta de Dios, que en Cristo, estaban recibiendo (Santiago 1: 17).

Lo sensato hubiera sido, que se sintiesen contentos, agradecidos y confiados en Aquel que los iba conduciendo a través del desierto.

¡Pero no!

Sucedió todo lo contrario.

En vez de sentirse agradecidos por la Misericordia y los cuidados de Jehová, renegaron del Maná, exigiendo carne y dedicándose a la práctica carnal en todas sus actividades, como comidas, bebidas, fornicaciones e idolatrías (1 Corintios 10: 1 – 10).

Renegar del Maná, era prácticamente, renegar de Cristo. Era renegar de la Promesa.

La contraparte de esta revelación acerca del Maná, en la actualidad, es la realidad que se observa, en las personas que al renegar de Cristo, no hacen otra cosa, que renegar del Maná bajado del Cielo.

Al renegar de Cristo, reniegan de la Promesa hecha realidad.

Por esta actitud soberbia, ingrata y rebelde, Jehová en su Ira, tuvo a los israelitas dando vueltas en el desierto por cuarenta años, sin permitirles ver la tierra prometida (Números 14: 33 – 34; Josué 5: 6).

Por esta misma actitud, en los tiempos actuales, que por cierto, son los finales, la Ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia (Efesios 5: 6; Colosenses 3: 6).

Revisemos algunas de las maravillas que Jehová hizo con el pueblo israelita, para contextualizar luego estos eventos, en el tema que estamos tratando, que es el Sello de la Fe:

  • Derribaron sin esfuerzo la muralla de Jericó (Josué 6: 20)
  • Atravesaron en seco, el mar Rojo (Éxodo 14: 21 – 22) y el río Jordán (Josué 3: 15 – 17)
  • Comieron maná y codornices hasta saciarse (Salmo 105: 40)
  • Caminaron de día bajo sombra y de noche tuvieron luz (Éxodo 13: 21 – 22)
  • Sus ropas no se gastaban (Deuteronomio 29: 5)
  • Vieron brotar el agua de la Roca (Números 20: 11)
  • Se endulzaron las aguas amargas de Mara (Éxodo 15: 25)

Todas estas maravillas y muchas más que narra el Antiguo Testamento, eran cosas sobrenaturales que Dios hizo con los israelitas, las cuales, ellos vieron y palparon.

Pero, ¡atención! Vieron pero no oyeron. Ya explicaremos esto más adelante.

Todas estas cosas prodigiosas, eran señales colosales, que Dios les presentaba para demostrarles que estaba con ellos; sin embargo, nada de esto les cambió el corazón, para hacerles tener Fe en Aquel, que aunque invisible (Hebreos 11: 27), les sustentaba y les daba manifestaciones visibles de su Amor y Poder.

En (1 Corintios 10: 10), dice el evangelio, que estas cosas descritas en el Antiguo Testamento, en lo que se refiere a las manifestaciones visibles del Amor y Poder de Dios; y en cuanto a la forma en que el pueblo respondió con sus malas obras, sin temor de Dios, haciendo cosas malas, han sido precisamente escritas, para amonestarnos a que quienes hemos alcanzado los fines de los siglos.

¿Por qué razón Dios quiso amonestarnos, dejando escrito el testimonio de estos eventos, en los cuales vemos, que a la par de la rebelión y la incredulidad del pueblo, se destaca su Ira? (1 Corintios 10: 5).

Quedó esta amonestación escrita, para que en los tiempos actuales, que son los finales, se conozca las promesas de Dios para sus elegidos; pero también, para que se conozca su Ira contra los convictos de su juicio (Números 14: 35; 16: 28 – 34; Efesios 5: 6; Colosenses 3: 6; Judas 1: 15).

Ya lo expresé en la entrega anterior y nuevamente lo expreso en esta entrega:

El evangelio pide al pueblo de Dios, al pueblo que ha resucitado en Cristo, al pueblo que ha nacido de nuevo, al pueblo con espíritu regenerado, que no ponga la mira en las cosas de la tierra, sino en las cosas de arriba, donde está sentado Cristo (Colosenses 3: 2).

Esto es, porque nuestra ciudadanía está arriba (Filipenses 3: 20).

La amonestación que hace el evangelio en (1 Corintios 10: 1 – 10), recordando la forma en que fueron castigados los israelitas incrédulos en el desierto, es para que tengamos la certeza, de que apegarse a las cosas terrenales, es muerte.

Los israelitas no conformes con la provisión espiritual que los sustentaba, se apegaban a las cosas terrenales y a los actos carnales, manifestándose inconformes con lo que tenían y añorando lo que ya no tenían.

Con la memoria que hace el evangelio,  de estos sucesos, nos exhorta a hacer morir lo terrenal, para que así, podamos despojarnos  del viejo hombre y revestirnos del nuevo, que es espiritual, en Cristo (Colosenses 3: 5 – 11; Apocalipsis 3: 2).

La exhortación obviamente es para los que oyen.

Los que oyen, son los que tienen oído.

Es así que, el Señor Jesucristo dice:

¡El que tenga oído, que oiga y se arrepienta! (Apocalipsis 2: 5 – 7).

De hecho, Dios conoce quienes son los que tienen oído. Es así, que en el mensaje que el Señor Jesucristo envía a las siete Iglesias, en el libro de Apocalipsis, siempre repite: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias.”

Dios sabe, quién tiene oído.

La amonestación, es sólo, para el que tiene oído.

Los que no tienen oído, no pueden oír lo que Dios dice a su Iglesia.

¿Por qué?

Porque los que no tienen oído, no son su Iglesia; y dicho de otra manera, quienes no conforman su Iglesia, no tienen oído.

Con los que no tienen oído, Dios no pierde su tiempo hablando.

El registro histórico que hacen las Escrituras, sobre los israelitas atravesando el desierto, nos amonesta, al hacernos ver y entender, que el pueblo sacado de Egipto por Moisés, oyó lo que Dios les habló por medio de Moisés.

Sólo, que este pueblo oyó con los oídos carnales; pero no con el oído espiritual, porque carecían de él.

Los que tienen oído, como ya lo hemos tratado anteriormente en otras entregas, son los que tienen el corazón circuncidado, es decir, sellado por el Espíritu Santo. Estos son los escogidos de Dios.

Los sellados de Dios, son el verdadero pueblo de Dios.

Entonces, qué diremos: ¿Qué los israelitas que estaban circuncidados en el prepucio, no eran el pueblo de Dios?

Los israelitas fueron circuncidados en el prepucio para ser identificados como pueblo descendiente de Abraham en la carne.

¿Pero fueron el verdadero pueblo de Dios?

El evangelio nos revela, que este pueblo fue circuncidado en la carne; pero sólo unos pocos estaban circuncidados en el corazón.

Sólo unos pocos tenían oído.

Por tanto, sólo unos pocos de los que cruzaban el desierto, eran el verdadero pueblo de Dios.

Sólo unos pocos en aquella travesía, eran Iglesia de Cristo.

El pueblo de Dios, una vez más lo decimos aquí, es espiritual, sellado con el Espíritu Santo.

La circuncisión del corazón es la que vale para Dios. Esa es la circuncisión que mira Dios.

A Dios no le interesa para nada hoy, ni le interesaba en aquel tiempo, la circuncisión del prepucio, si es que el corazón del individuo no está circuncidado.

Por eso las Escrituras dicen, que Dios no mira el parecer, sino el corazón (1 Samuel 16: 7).

Descarten entonces mis amados, cualquier idea pro – sionista, como las que proceden de predicadores confundidos, que ensalzan a la nación terrenal de Israel, haciendo una mescolanza de conceptos, sobre todo en lo que se refiere a los eventos proféticos, dándole supremacía a esta nación y colocándola en niveles protagónicos en los tiempos finales.

La gente confundida, se pasa haciendo tours evangelísticos y proféticos; y bendiciendo a la tierra de Israel, apoyándose en el libro del Génesis, en que Dios le dice Abram:

Génesis 12:

3. bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra.

(R. V. 1960)

La revelación es esta:

Cuando Jehová le habla a Abram, lo hace a su Simiente que es Cristo.

Jehová afirma, que bendecirá a los que bendigan a Cristo; y maldecirá a los que lo maldigan.

¿Quiénes son pues, los que bendicen a Cristo?

Pues, los vivientes de su misma simiente: Su Iglesia, que es su verdadera Israel: La Israel de Dios (Gálatas 6: 16; Efesios 2: 12).

En esta nación espiritual, Cristo es Todo en todos (Colesenses 3: 11).

¿A quiénes entonces, maldecirá Jehová?

¡Pues, a los que maldicen a Cristo!

Abran bien los ojos y vean:

¿Quiénes son los que principalmente maldijeron y aún siguen maldiciendo a Cristo?

¡Pues, los israelitas! Salvo un remanente ordenado para Salvación (Isaías 10: 22; Hechos 13: 48; Romanos 9: 7).

¡Ven, cómo la Palabra, es Piedra de Tropiezo!

Así como en el desierto, hubo un pequeño remanente que tenía el Sello de la Fe, también en los tiempos posteriores ha existido ese remanente; y en la actualidad, en los tiempos finales, también lo hay, para completar su número.

Por lo demás, entiendan bien mis amados, que desde que vino el Señor Jesucristo, ocurre esto:

Gálatas 3:

28. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús.

(R. V. 1960)

Por tanto, la Verdadera Nación de Israel, es la Celestial, compuesta por todos los que estamos en Cristo Jesús.

Retomando el tema de los israelitas en el desierto, el evangelio dice claramente en (1 Corintios 10: 5), que “de los más de ellos no se agradó Dios.”

¿Qué nos revela a la par el evangelio?

Ya lo habíamos tratado:

Que ¡“sin Fe es imposible agradar a Dios”! (Hebreos 11: 6).

Ya vimos en la entrega anterior, que la Fe, no es el acto de creer, sino que es la misma presencia de Cristo, morando en cada elegido de Dios.

De acuerdo a lo anterior, vemos entonces, que los menos de ellos, esto es, el remanente, tenían el Sello de la Fe; y los más de ellos, no lo tuvieron.

Vemos entonces, que los menos de ellos agradaron a Dios.

Alguien podrá argumentar, que Cristo vino en el cuarto milenio y que por tanto, Él no podía morar en el corazón de nadie en los tiempos del Antiguo Testamento, porque el Espíritu Santo de la Promesa debía descender sobre todos, después de que Cristo ascendiera a los cielos.

Sólo que hay que pensar, en lo que también ya tratamos en una entrega anterior:

Que Dios habita en la Eternidad.

Que todo lo que hace Dios, es eterno; es decir, no tiene tiempo.

El sacrificio de Cristo es eterno. No tiene tiempo

La Sangre de Cristo, es eterna. No tiene tiempo.

El Espíritu de Cristo es eterno. No tiene tiempo (Hebreos 9: 14).

Por esta razón, dicen las Escrituras, que Cristo fue inmolado desde el principio del mundo (Apocalipsis 13: 8).

Entonces, tanto el remanente de aquel tiempo, como el que siempre ha habido hasta el día de hoy, en nuestra esfera temporal, tiene la bendición de Jehová, caracterizada por la Gracia  del Sello de la Fe, o sea, la presencia de Cristo; mientras el resto, está bajo la eterna maldición de la Ley.

Por tanto, los más de ellos, no tuvieron paciencia para esperar las promesas que les hizo Jehová, razón por la cual, nos comunica este versículo, que “quedaron postrados en el desierto.” (1 corintios 10: 5).

¡Ahí está la maldición!

¿Quiénes fueron los menos pertenecientes al remanente, que sí dieron testimonio de su Fe?

Del remanente, podemos nombrar a algunos, que el evangelio pone como ejemplos de la Fe: Abel, Enoc, Noé, Abraham, Isaac, Jacob, Sara, José, Moisés, etc. (Hebreos 11: 2 – 23).

El evangelio los presenta como ejemplos de Fe. ¿Quién puede entonces alegar, que estos representantes de la Fe, no tenían ya al Espíritu Santo en los tiempos correspondientes al Antiguo Testamento?

Si ya sabemos, que la Fe, es el mismo Cristo Eterno morando en el corazón de todo elegido de Dios, entonces, bajo este Conocimiento, sabemos que todos estos personajes del remanente en el pasado histórico, tenían el Espíritu Santo. De otro modo, no serían nombrados por el evangelio, como dignos representantes de la Fe.

Este es el Gran Misterio Oculto desde tiempos eternos, dado a conocer, en la dimensión terrenal de este tiempo, para que “todas las gentes” obedezcan a la Fe (Romanos 16: 25 – 26).

La Fe, como Sello del Espíritu Santo, es generadora de paciencia.

Todos estos personajes nombrados, fueron ejemplo de paciencia, con la cual vieron en la distancia lejana de los siglos, las promesas que en Cristo, les habría de ser otorgadas (Hebreos 11: 13).

Con la paciencia de estos personajes, que es el mismo legado espiritual de todos los que somos de Cristo en los tiempos actuales, es que podemos soportar las tribulaciones, mirando las cosas que no son como si fuesen (Romanos 4: 17).

Esta paciencia no la tuvieron los israelitas en el desierto.

Un indicador de que alguien está sellado con el Espíritu de la Fe, es la manifestación de su paciencia.

La paciencia, es la exteriorización de la Fe, manifestada en su máximo esplendor, en medio de las tribulaciones.

¿Para qué sirven las tribulaciones en la vida de los elegidos de Dios?

Pues, para probar como en fuego, el Sello de la Fe (1 Pedro 1: 7).

La mayoría de los israelitas no tenían el Sello de la Fe, razón por la cual, la falta de paciencia, marcó el trasfondo de la incredulidad y de todas sus obras malas.

La falta de paciencia, caracterizó la falta de Sabiduría de este pueblo.

La falta de paciencia caracteriza también a las personas que en la actualidad carecen de Sabiduría.

Si hubieran sido sabios, hubieran oído y entendido que las incomodidades que estaban atravesando en el desierto, eran pasajeras y que luego se harían realidad, las promesas.

Pero no tuvieron Fe, por lo que no vieron realizarse las promesas de Dios. Al contrario, Lo que vieron fue, muerte (Números 14: 26 – 32).

Ya sabemos, que la Fe es por el oír.

El Pueblo de Dios, es un pueblo sabio.

El pueblo de Dios, es un pueblo con el Sello de la Fe.

El pueblo de Dios, es un pueblo que sabe oír y esperar con paciencia (Proverbios 1: 33).

El pueblo de Dios, se caracteriza por la paciencia.

Observen mis amados, lo que dice el evangelio al respecto:

Santiago 1:

2. Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas,

3. sabiendo que la prueba de vuestra Fe produce paciencia.

4. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.

5. Y si alguno de vosotros tiene falta de Sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.

(R. V. 1960)

Cuando estamos en tribulación, los que tenemos Fe, pedimos a Dios Sabiduría, para entender el porqué de esa tribulación.

La Sabiduría nos habla y nos hace entender  el significado de las pruebas que traen tribulación; y nos forja la paciencia para saber esperar las promesas.

Vean lo que dice el evangelio:

Hebreos 10:

35. No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón;

36. porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa.

(R. V. 1960)

Hebreos 6:

11. Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza,

12. a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas.

(R. V. 1960)

¿Por qué los más de ellos en el desierto no estaban sellados con el Sello de la Fe?

Observen que el Señor Jesucristo se derramaba sobre todos, con la provisión del Maná, para que se alimenten y vivan.

¿Estaban todos agradecidos?

No!!!

¡Los más de ellos eran desagradecidos!

El mismo Señor Jesús expresa en el evangelio, que Dios, “es benigno para con los ingratos y malos.” (Lucas 6: 35).

¿Por qué, si Cristo se derramaba en el desierto para todos, sólo unos cuantos fueron agradecidos?

Porque sólo unos cuantos estaban sellados con el Sello de la Fe.

Sólo unos cuantos estaban escogidos y sellados con el Sello de la Fe (Números 16: 5).

Lo mismo podemos afirmar de una manera equivalente para estos tiempos finales:

¿Por qué habiendo sido Cristo, crucificado para perdón de los pecados del mundo, sólo unos cuantos son agradecidos?

La respuesta es la misma: ¡Sólo unos cuantos, han sido sellados con el Sello de la Fe! (Efesios 1: 13 – 14).

¿Quiénes son los sellados con el Sello de la Fe?

¡Los que pertenecen a su pueblo. Los escogidos desde antes de la fundación del mundo! (Efesios 1: 3 – 4).

¿Y por qué unos son sellados como pueblo de Dios y otros no lo son?

Responder esta pregunta y descifrar este misterio, será motivo a futuro, de una extensa explicación; y entender esta explicación será motivo de un intenso estudio y reflexión por parte de ustedes, amados hijos de Dios.

Pero, por lo pronto, ahora entendamos, que el estar circuncidado en el corazón, no dependía del pueblo israelí en aquel tiempo, ni depende de nadie en los tiempos actuales.

¿De quién depende entonces?

¡Es decisión de Dios!

¿Por qué Dios toma esta decisión, de una forma con unos y de otra forma con otros, siendo que Él mismo dice, que no hace acepción de personas?

¿Por qué, a unos circuncida el corazón y a otros no?

Repito, esto tomará un profundo tiempo de estudio y reflexión. Por ahora, sólo les exhorto a seguir escudriñando la Palabra. Ya llegará el momento de aclarar este misterio.

Sin embargo, el seguidor de este estudio puede adelantar algo, si revisa (Romanos 9: 13 – 23), en donde se nos aclara, algo que aunque ya lo hemos tratado en una entrega anterior, conviene volverlo a revisar.

La misma situación de falta de Fe, narra el evangelio en los tiempos del Nuevo Testamento, cuando todos vieron las maravillas que hizo el Señor Jesús.

Maravillas como aquella de haber dado de comer por dos ocasiones, a miles de personas que lo seguían, cuando era evidente, que sólo contaba con apenas unos pocos panes y pescados (Mateo 14: 13 – 21).

Después de este evento de la multiplicación de los panes, la gente seguía al Señor Jesús, porque querían comer más y saciarse de pan (Juan 6: 26), mas no porque creían que Él era el Verdadero pan del Cielo (Juan 6: 51).

¿Qué es lo que nos revela el evangelio en (1 Corintios 10: 1 – 12) a quienes vivimos ya, en estos tiempos finales?

La Escrituras nos revelan, que teniendo tan cerca (Deuteronomio 4: 7 – 8; Mateo 3:2; 4: 17), la Maravilla más inmensa, visible en sus obras y sobre todo, disponible, al alcance de todos (Efesios 3: 12; 4: 16), la respuesta de la gente en estos tiempos finales, es contraria y adversa a esa Maravilla.

¿Cuál es esa Maravilla?  

Pues, es Cristo colgado en el madero, destruyendo la sabiduría de los sabios y desechando el entendimiento de los entendidos (1 Corintios 1: 20).

Los sabios, teniendo cerca al Señor Jesús y viendo las señales que daba al hacer tantos prodigios, no entendían quién era el hombre que estaba ante ellos.

Estaban viendo las señales del “Enmanuel” de las profecías que ellos conocían (Isaías 7: 14) y las profecías del “Dios con nosotros” (Mateo 1: 23); y aun así, no entendieron quién era el que estaba con ellos…Y no lo recibieron (Juan 1: 11).

Por tanto, ni en aquel tiempo, ni en el presente, los sabios sin el Sello de la Fe, han podido entender, que en el holocausto de Cristo en la cruz, yace el misterio de la Vida Eterna, de aquellos que ya están ordenados desde la eternidad, para recibirla (Hechos 13: 48).

Entender el misterio de la circuncisión del corazón y del Sello de la Fe, que es aplicado por decisión de Dios únicamente, debe descartar en el entendido, cualquier sesgo de religiosidad, quedando desechada toda idea, por mínima que fuere,  de que haciendo alguna obra buena, se puede tener algún mérito para alcanzar este Sello.

Es así que, amados entendidos, que para tener el Sello del Espíritu Santo, nadie tiene:

Que ir al templo de cemento, porque Dios no habita en templos hechos por manos de hombre (Hechos 17: 24). Recuerde que el Verdadero Templo, es el Dios Todopoderoso con el Cordero y su esposa (Apocalipsis 21: 22).

Ni tiene que diezmar, ni ofrendar, porque Dios no está interesado en su dinero. El Señor Jesucristo es el Esposo  Proveedor de su esposa, la cual es el cuerpo conformado por sus elegidos. Cualquiera que le diga lo contrario, le estaría induciendo en la perversa doctrina de que hay que “honrar a Dios con dinero”, en la cual, sólo hay engaño; y los que esto hacen, sólo quieren usufructuar de su peculio para sostener su tenebroso sistema empresarial religioso (Isaías 1: 13; Amós 5: 22; Hechos 17: 24 – 25).  

No tiene tampoco que ayunar comida, porque Dios no está interesado en su sacrificio corporal, sino en su espíritu quebrantado y humilde (Salmo 51: 17). Recuerde que otro nombre de Cristo es, Ayuno (Isaías 58: 6). Si usted está en Cristo, ya está en el Verdadero Ayuno.

La verdadera doctrina de Cristo, es la antítesis de la religiosidad. Recuerde que Cristo vino a deshacer lo que es, para avergonzar a los sabios del mundo (1 Corintios 1: 28).

Si Cristo hubiera venido al mundo para predicar que se siga haciendo lo mismo que hacían los religiosos del Antiguo Testamento, entonces vana hubiera sido su venida.

Si usted realmente tiene Fe, entonces, aléjese de todos los conceptos sectarios, políticos y mercantilistas que manipulan el nombre de Cristo, promoviendo como doctrinas, los rudimentos y las tradiciones (Gálatas 1: 14; Colosenses 2: 8) que quedaron abolidas con el sacrifico del Cordero de Dios;  pero que muchos en su espíritu religioso persisten en practicar, para sostener el “modus vivendis” lucrativo, con el que se enseñorean de un pueblo que carece de Conocimiento (Oseas 4: 6).

Si usted está sellado con el Sello de la Fe, como no lo dudo que lo está, entonces:

Usted se congrega con hermanos en el mismo Espíritu de Cristo.

Usted ayuda económicamente y cubre las necesidades de los más necesitados, sobre todo de aquellos que pertenecen a su propia familia.

Usted se alimenta adecuadamente y comparte el alimento con los que lo necesitan, dando gracias a Dios por la provisión que recibe para la vida y salud de su cuerpo. Por supuesto, que cuando está en oración y congregado recibiendo la Palabra de Dios, no estará comiendo, sino adorando a Dios en Espíritu y en Verdad.

Todo esto lo hace, porque es Dios mismo, quien obra en su querer y en su hacer (Filipenses 2: 13).

Para concluir esta entrega, terminemos con la idea que planteamos, acerca de que, teniendo tan cerca la Maravilla de Cristo, que vino sólo a darnos buenas noticias, gozo, paz y salvación, la respuesta en estos tiempos finales es adversa y contraria a esta Maravilla.

¿Cuál es esta respuesta contraria y adversa a esta Maravilla?

Al igual que los israelitas en el desierto, aun viendo las maravillas que Dios hacía, ellos hicieron cosas malas, sin temor de Dios, así en estos tiempos finales, aun con la Maravilla expuesta visiblemente para todo el planeta, de Cristo crucificado, muerto y resucitado, la maldad de la humanidad, es cada vez mayor.

Esto es lo que el evangelio describe con el nombre del “misterio de la iniquidad”, el cual ya está en acción (2 Tesalonicenses 2: 7).

¿Por qué ante la Gran Maravilla de nuestro Salvador, expuesta a los ojos de todo mundo, la maldad es cada vez mayor?

Porque las mayorías no quieren oír el verdadero evangelio, sino que le prestan atención a los engaños que entran por los ojos.

¿Saben mis amados, por qué no quieren oír?

¡Porque no tienen oído!

Por esta razón, las Escrituras dejan explícitamente expresado para los que sí tienen oído, sabiendo que estos son los que tienen Fe:

Hebreos 3:

15. Entre tanto que se dice: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación.

16. ¿Quiénes fueron los que, habiendo oído le provocaron? ¿No fueron todos los que salieron de Egipto por mano de Moisés?

17. ¿Y con quiénes estuvo Él disgustado cuarenta años? ¿No fue con los que pecaron, cuyos cuerpos cayeron en el desierto?

18. ¿Y a quiénes juró que no entrarían en su reposo, sino a aquellos que desobedecieron?

19. Y vemos que no pudieron entrar a causa de su incredulidad.

(R. V. 1960)

Continuará…

¡Victoria en Cristo Jesús!

Dr. Iván Castro Romero

Próxima entrega: Jesús “La Piedra de Tropiezo” Parte 41

 

 

 

40. Jesús: “La Piedra de Tropiezo” PARTE 39: La Fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11: 1)

¡Amados de Dios!

Iniciamos ahora, el análisis del quinto momento del sellado del Espíritu Santo: “La Fe.”

No veo mejor manera de iniciar este análisis, que mencionando el versículo, que con respecto a la Fe, es el más conocido por los creyentes; y es a la vez el menos entendido en la real profundidad de su significado.

Veamos pues lo que encierra este texto:

1. Es, pues, la Fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.

(R. V. 1960)

Visto a la ligera, como veo que todo el tiempo lo hacen los predicadores, parecería que la Fe, es un estado de la mente, la cual “tiene” que hacer la obra de esperar con certeza y a la vez, hacer la obra de convencerse a sí misma, acerca de lo que no ve.

Siendo así, la Fe sería tan sólo un asunto de predisponerse y autosugestionarse de tal manera, para que las cosas funcionen.

Para descifrar el misterio de este versículo y conocer la Verdad encerrada en él, escudriñémoslo ahora:

El mundo está diseñado con sistemas, para que las personas operen sus vidas dentro de los niveles naturales de lo que es “posible.”

Todos los sistemas naturales, están diseñados con reglas que hacen que las cosas funcionen cuando se las cumple, o que se altere el funcionamiento de los mismos, cuando se quebrantan las reglas.

La “homeosteasis”, es el término científico utilizado para denominar al equilibrio de los sistemas que mantienen sus reglas de funcionamiento.

Para la mente natural de las personas no nacidas de nuevo, la certeza de esperar algo, se sustenta en las evidencias de lo que probabilísticamente se conoce que ocurre, dentro de lo que es naturalmente “posible” en el funcionamiento de los sistemas homeostáticos.

Al contrario, toda mente que está revestida de Cristo (Gálatas 3: 27), o sea, que está sellada con su Espíritu, se encuentra operando dentro de los mismos sistemas naturales homeostáticos, pero dentro de una dimensión sobrenatural, que es difícil de ser entendida por la gente que no tiene la regeneración del Espíritu (1 Corintios 2: 14).

Esta es, la dimensión del Reino de los Cielos, que es la dimensión en donde se encuentra el Trono de Dios, desde donde se toman las decisiones eternas, las cuales obedecen al Pacto Eterno.

En la dimensión del Espíritu de Dios, lo que para el mundo con sus sistemas sujetos a reglas naturales o creadas, es “imposible” conseguir si se alteran estas reglas, para los hijos de Dios todo es “posible”, aunque todo esté desbaratado dentro de los sistemas naturales o creados por el hombre.

Por eso el evangelio dice:

2 Corintios 5:

7. (porque por fe andamos, no por vista).

(R. V. 1960)

Por lo general, cuando el ser humano común espera obtener algo, lo hace basado en la experiencia de un historial que acredite, que aplicando las fórmulas correctas, y las reglas establecidas por los sistemas, lo que se espera llegará.

Esta certeza natural, es lo que se conoce como “confianza.” A esta certeza, también podríamos llamar, “fe carnal.”

Por esta fe carnal es, que frecuentemente se escucha pronunciar la siguiente frase, a la gente amiga del mundo: “Tengo fe en que voy a lograr, tal o cual cosa…”

Es así, que pronostican los hechos, con optimismo acerca de lo que van a obtener en sus negocios con el mundo.

Tal optimismo, es producto de la observación de las evidencias recogidas de experiencias anteriores.

Por ejemplo, si alguien ha hecho un trabajo que debe ser remunerado, tendrá la certeza de que va a recibir su sueldo o la remuneración correspondiente.

Esta certeza se sustenta en un conocimiento que brinda la experiencia vivida con la realización trabajos previos, ya realizados y remunerados.

Si un arquitecto competente construye una casa, quien compra dicha casa, tiene la certeza de que la puede habitar sin temor a que se desmorone, porque tiene el conocimiento de que tal casa, fue construida por un profesional entendido en la construcción.

De esta forma, tanto el arquitecto conoce lo que construye para vender; como el cliente conoce lo que está comprando para vivir; y también conoce a quién le está comprando.

Estas son certezas, resultantes de un pronóstico fundamentado en el conocimiento de un historial previo.

Una mujer físicamente hermosa, vistiendo poca ropa para llamar la atención hacia su cuerpo sensual, es entrevistada en un programa de la televisión. Al ser preguntada sobre sus experiencias futuras en el trabajo del modelaje, afirma “muy espiritualmente”: “Tengo fe, en que mis próximas producciones tendrán una gran acogida del público.”

¿Tal fe será acaso promovida por El Espíritu Santo?

¡Pues no!

Así  funcionan los pronósticos en el marketing, la economía, la política, la sicología, la medicina, etc….

Los astrónomos, conocen con cientos de años de anticipación, el paso de cometas y asteroides, cerca de la órbita de la tierra. Cuando afirman con seguridad que eso ocurrirá, es porque tienen fe en lo que han calculado; es decir, tienen la certeza y la convicción de lo que les ha resultado visible por sus cálculos matemáticos.

Podríamos seguir poniendo numerosos ejemplos, pero con lo que hemos mencionado anteriormente, me parece que es suficiente para entender lo que es tener “fe carnal.”

La fe carnal o fe del mundo, es una certeza natural, material, carnal, que se experimenta con los sentidos y que se sustenta en la experiencia de la observación objetiva del mundo.

En la esfera de la fe carnal, sólo hay que seguir las reglas lógicas del mundo para lograr lo que se desea. Hay que seguir lo que se conoce como: “La lógica de las reglas del juego.”

Esta es una fe básica y rudimentaria que sigue la lógica de un plan de acción.

Mientras mejor diseñado esté el plan de acción, más certeza habrá de conseguir lo que se quiere, si se sigue con fidelidad el plan.

Cuando el plan de acción es acertado, si se lo sigue aplicando, se seguirán obteniendo a futuro, los mismos, o aún, mejores resultados.

Si se quiere mejores resultados, se intentará mejorar el diseño del plan de acción.

En cualquier caso, en los ejemplos expuestos, apreciamos que siempre hay una certeza basada en un conocimiento de los sistemas del mundo, comprobada repetidamente, dentro del marco de lo conocido y experimentada físicamente.

En todo caso, la fe carnal, siempre opera bajo el control de la mente natural que planifica y del esfuerzo que se imprime para el logro.

En la Fe que nos muestra el texto de (Hebreos 11: 1), no hay plan de acción ni esfuerzo alguno, porque no es la mente humana la que opera los mecanismos para que resulten las cosas…Ningún esfuerzo, sólo descanso y paz.

Por eso, Dios menciona en (Hebreos 3: 17 – 18), que los incrédulos, jamás entrarán en su reposo. Los incrédulos tienen fe carnal, pero no tienen al Espíritu Santo morando en ellos.

En los sistemas naturales del mundo, hay planes que se traban, porque los sistemas están diseñados, para que bajo ciertas circunstancias se logre conseguir lo que se desea; y también, para que fuera de tales circunstancias, se entorpezca el logro de los objetivos.

Cuando en los sistemas se altera por algún motivo la homeostasis, o sea, el equilibrio, el plan de acción no consigue los objetivos, a no ser que haya un plan de contingencia.

Si  no hay plan de contingencia, las cosas se complican.

Hay casos, en que aun habiendo calculado todas las probabilidades de éxito y fracaso, los sistemas nos dan sorpresas, llevándonos a resultados imprevisibles, distintos de los deseados.

Esto ocurre, cuando se altera el equilibrio de los sistemas.

Ante esto, Los profesionales y todos los técnicos de todas las áreas, entendidos en el manejo de los sistemas diseñados para el funcionamiento del mundo, se encargan de construir y reparar las cosas, dentro del marco lógico de lo conocido y previsible. La tecnología y las profesiones existentes, están creadas para eso: Para arreglar lo que se descompone, o lo que no está funcionando como “se espera.”

Pasadas las barreras de lo previsible y lo conocido, los mismos sistemas naturales, por ley natural, se encargan de llevar las cosas por la vía del deterioro y la destrucción sin retorno.

En la naturaleza, todo se deteriora y se corrompe.

Por poner un ejemplo sencillo, podríamos mencionar, que dentro de las Ciencias Médicas, los profesionales y técnicos, trabajan para prevenir, curar o aliviar las dolencias en la salud, mientras estos sistemas terapéuticos o de prevención tengan acceso exitoso sobre los sistemas orgánicos; es decir, mientras los sistemas sigan vivos y colaboren.

En base al conocimiento médico, el profesional con experiencia, puede hacer el pronóstico, acerca de cuál es el resultado a esperarse en todos los casos sometidos a tratamiento.

En base a este conocimiento, los dolientes saben también qué esperar, de los aparentemente amplios; pero en realidad, limitados recursos de la Medicina.

¡Cuando ya no hay nada que hacer, porque los sistemas orgánicos ya no colaboran,… pues,… no hay nada qué hacer!

Muchos dicen, tengo fe en la Medicina, o tengo fe en mi médico.

En los casos en que la terapéutica funciona, a causa de que los sistemas orgánicos colaboran para la recuperación, dicha fe resulta un acierto; pero dado el caso contrario, las cosas no resultan favorables con dicha fe.

Al contrario de lo anteriormente expresado, la Fe de la que habla el versículo que estamos abordando (Hebreos 11: 1), está fundamentada en una certeza basada en el Conocimiento del Espíritu que mora en todo hijo de Dios.

La Certeza y la convicción, radica en saber que Cristo mora en nosotros.

El evangelio nos revela que el Señor Jesús, es el Autor y Consumador de la Fe (Hebreos 12: 2).

Como ya lo hemos analizado en entregas anteriores, este Conocimiento, no es otra cosa que el mismo Espíritu de Dios…Es la Persona del Señor Jesucristo.

Si esta Persona que es el Conocimiento, no habita en el corazón del hombre, tampoco puede habitar la Fe, pues la Fe y el Conocimiento, son la misma Persona, o sea, Cristo.

Ya dijimos en una entrega anterior, que cuando Abram recibió la orden de Jehová, de abandonar su tierra y su parentela para ir a la tierra que le mostraría (Génesis 12: 1), previamente, lo bautizó con Espíritu Santo; es decir, lo selló con Espíritu de Conocimiento y de Fe.

Espiritualmente Abram vio todo lo que Jehová le mostró; y además habló con Dios, lo cual fue evidencia espiritual para creer en Cristo Jesús, por el Sello de la Fe.

La Fe de Abram, estaba sustentada en su Conocimiento.

Quien tiene el Conocimiento, tiene el Sello del Espíritu; por tanto, tiene la certeza de lo que espera, porque el Espíritu que mora en su corazón, sabe todas las cosas (1 Juan 2: 20).

El que tiene el Conocimiento, tiene la convicción de lo que ya está determinado, aunque todavía no pueda ser visto con los ojos físicos; pero que ya se lo ve venir, porque ya es visto con los ojos de la Fe (Habacuc 2: 3 – 4; Hebreos 10: 35 – 39).

Así como la fe carnal funciona en base a un conocimiento previo que dan los cálculos probabilísticos de la reacción de los sistemas naturales, la Fe que nos expone (Hebreos 11: 1), se basa en el Conocimiento, que ha sido implantado en el corazón del elegido de Dios, como Sello del Espíritu Santo.

Recomiendo al seguidor de esta página, que revise la (entrega 38), en la cual se explica la relación íntima entre el Sello del Conocimiento y el Sello de la Fe, que con características propias cada uno, son al mismo tiempo, Sello del Espíritu Santo.

El Señor Jesús dice lo siguiente:

Marcos 11:

24. Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá.

(R. V. 1960)

Esta declaración del Señor Jesús, se hace más reveladora, si la cotejamos con lo que dice el siguiente versículo:

Romanos 8:

26.Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.

(R.V. 1960)

Estos dos versículos, nos revelan que la Fe no es el acto de creer en algo, basándonos en evidencias físicas conocidas, pues hasta los demonios creen y tiemblan (Santiago 2: 19).

La Fe es el mismo Espíritu Santo morando en el corazón del creyente.

El acto de creer, se deriva de la operación sobrenatural del Espíritu Santo, quien comunica a nuestro espíritu, que somos hijos de Dios (Romanos 8: 16), y que es Él quien está pidiendo por nosotros al Padre, en el mismo trono de la Gracia (Hebreos 4: 16), para que se cumplan nuestras peticiones.

El Sello del Conocimiento, nos hace conocer, que si es el Espíritu Santo quien pide al Padre, su petición no podrá ser jamás rechazada.

¡Conocemos entonces: Quién pide a Quién!

Este Conocimiento nos da la certeza y la convicción, aunque todo sea adverso en el mundo material que nos rodea.

Siempre le serán agradables al Padre, nuestras peticiones, porque estas son hechas por el Espíritu Santo, y porque siendo así, siempre serán hechas de acuerdo a la voluntad del Padre, la misma que es buena, agradable y perfecta (Romanos 12: 2).

Para agradar a Dios y recibir lo que pedimos, no tenemos que hacer nada.

Cuando pedimos algo en el nombre del Señor Jesús (Juan 14: 14), simplemente, Dios ve si en el corazón de un hombre que pide, se encuentra morando la Persona de su Hijo.

Por esta razón es, que las Escrituras afirman con toda claridad, que Dios no se fija en la apariencia externa de la persona, sino en su corazón (1 Samuel 16: 7).

Y con este Conocimiento es, que podemos develar el misterio encerrado en (Hebreos 11: 6), oráculo de Dios, que afirma, que sin Fe, es imposible agradar a Dios.

El que agrada a Dios, es el que tiene el Espíritu de su Hijo morando en el corazón.

Por esta razón, el Señor Jesús expresó lo siguiente:

Mateo 13:

12. Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.

(R. V. 1960)

Así es, que cuando pedimos al Padre, en el nombre del Señor Jesús (Juan 14: 14), como tenemos morando en nosotros al Espíritu Santo, es el Espíritu Santo el que ruega al Padre por nosotros; y el Padre nos responde galardonándonos (Hebreos 10: 35; 11: 6; Apocalipsis 22: 12) con mucho más de lo que le pedimos (Efesios 3: 20).

Este Conocimiento, nos da la convicción de la respuesta favorable a las peticiones que hacemos (1 Juan 5: 14 – 15).

¿Qué es entonces la Fe?

¡Es el mismo Espíritu Santo!

¡Es la misma Persona del Señor Jesucristo!

¡Es el mismo Espíritu de Dios!

Los que tenemos el Sello del Espíritu Santo, tenemos el Sello de la Fe.

El Sello de la Fe, es el Sello del Espíritu Santo, el cual siendo invisible e intangible (Hebreos 11: 24 – 27), nos da la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve.

Esta operación sobrenatural del Espíritu Santo, se manifiesta en el hombre regenerado por la Fe, en forma de Poder y Victoria sobre los sistemas naturales, sobre los cuales, Dios obra sobrenaturalmente transformándolos, más allá de toda previsión o pronóstico.

Por esta razón, los hijos de Dios podemos asegurar, que ante cualquier situación natural, Dios tiene la última palabra, porque Él obra desde su Trono Celestial, que es Sobrenatural, provocando sobre los sistemas naturales, resultados, que para los incrédulos son inesperados; pero que para los elegidos que tienen el favor de Dios, son totalmente posibles y esperados.

Para entender esto, debemos tener claro, que los hijos de Dios, habitando como estamos en el Reino de Dios que es espiritual, tenemos una ciudadanía espiritual que es “imposible” de ser entendida, por quienes sólo son habitantes de la tierra, en calidad de ciudadanos naturales (1 Corintios 2: 14).

Al ser ciudadanos del Reino de los Cielos, ocurre que lo que es imposible para la gente del mundo, para nosotros es totalmente posible.

De allí, resulta que, esta Fe nuestra, que es Espíritu de Dios, nos hace vivir en una esfera sobrenatural, que es la Vida Eterna.

El ser humano común, carente del Espíritu de Dios, se encuentra desnudo (Apocalipsis 3: 17), revestido por el espíritu del mundo, que lo hace actuar, pensar y esperar lo que  puede alcanzar dentro de su restringido marco físico, biológico y temporal; es decir, vive en el mundo de lo “materialmente posible.”

Al contrario, los hijos de Dios, vivimos en el mundo espiritual de lo que es “imposible” para el incrédulo, desde donde, por el Poder de Dios y contra todo pronóstico, todo es “posible.”

Esta es nuestra Fe. Es la certeza de que todo en Cristo, es posible (Filipenses 4: 13).

Esta Fe, morando en nuestro interior, es la certeza que tenemos, de que al ser hijos de Dios tenemos a Cristo morando en nuestro corazón; por tanto, todo lo que esperamos, nos llega, aunque los antecedentes históricos que nos presente cualquier situación, sean considerados por el mundo, razonablemente contrarios a lo que es “posible.”

La Fe que describe (Hebreos 11: 1), no tiene nada que ver con la lógica del mundo.

Para la lógica del mundo no tiene sentido la forma en que se derribó la muralla de Jericó (Josué 6: 20).

Tampoco tiene sentido, el que los israelitas, atravesaran en seco, el mar Rojo (Éxodo 14: 21 – 22) y el río Jordán (Josué 3: 15 – 17).

Tampoco tiene sentido, que Elías haya provocado fuego sobre leña mojada, en la que encendió el holocausto del altar que preparó, en el nombre de Jehová (1 Reyes 18: 33 – 38).

Tampoco tiene sentido que Sadrac, Mesac y Abednego no se quemaran ni un pelo, en el horno de fuego en el que fueron metidos por orden de Nabucodonosor (Daniel 3: 26 – 27).

Tampoco es lógico, que el Señor Jesús haya dado de comer a miles de personas, contando con apenas unos pocos panes y pescados (Mateo 14: 13 – 21).

Como ven mis amados, las cosas que no tienen explicación natural, porque rompen el orden de las leyes naturales, sólo pueden ser posibles en la dimensión espiritual de la Fe, o sea, en la dimensión del Espíritu de Dios.

Quienes no están dotados del Sello de la Fe, no pueden entender estas cosas ni aunque vean los milagros.

¡De hecho, todos los días estamos viendo el milagro de la creación y la vida!

Por eso miles de israelitas perecieron, porque ni aun viendo las maravillas que Jehová hizo en medio de ellos, se quisieron sujetar en obediencia a las leyes de la Fe, que son de Dios (1 Corintios 10: 1 – 12; Hebreos 3: 7 – 19).

Según nuestro esquema didáctico, la Fe, es el quinto elemento del Sello de Espíritu Santo. Seguiremos escudriñando este elemento, en entregas posteriores. Lo importante ahora, es recalcar, en que el cuerpo espiritual de la Fe se sustenta en el Sello del Conocimiento, que ampliamente lo hemos ya abordado en entregas anteriores.

Dios nos sella con el Conocimiento, para que se consolide el Sello de la Fe.

¿Qué ocurre cuando Dios nos sella con el Conocimiento?

Con el Sello del Conocimiento, Dios nos hace palpar en nuestra vida práctica, el Poder de su Gracia, haciéndonos tomar conciencia y haciéndonos constatar, cómo se cumplen todos nuestros anhelos y peticiones, de una forma sobrenatural, contrariando las leyes físicas y los pronósticos del mundo natural.

Para los hijos de Dios, ¡todo es posible!

Todo es posible porque la Fe, que es el Espíritu de Dios, mora en nosotros.

Continuará…

¡Victoria en Cristo Jesús!

Dr. Iván Castro Romero

 

Próxima entrega: Jesús “La Piedra de Tropiezo” Parte 40

 

 

39. Jesús: “La Piedra de Tropiezo” PARTE 38: Conocemos que el Amor de Cristo excede todo conocimiento (Efesios 3: 19)

¡Amados de Dios!

En esta entrega, vamos a concluir el análisis acerca del Don del Conocimiento, Don espiritual con el cual hemos sido sellados los hijos de Dios, dentro del proceso de sellado del Espíritu Santo, proceso llamado también circuncisión del corazón (Jeremías 4: 4; Romanos 2: 29) o circuncisión de Cristo (Colosenses 2: 11).

En las Escrituras, hay enorme cantidad de material expuesto con revelación acerca del Conocimiento. Resultaría una tarea difícil de acabar, el intentar detallar todo su contenido. Por esta razón y para que sea provechoso el análisis de este Don, y para que acerca del mismo, podamos extraer elementos básicos para su comprensión, animo al lector a seguir con paciencia, el contenido resumido de la presente metodología.

Recordemos una vez más, que de acuerdo a la metodología que nos ha ido dando el Espíritu Santo, el Conocimiento, es el cuarto elemento del proceso  de sellado que reciben quienes están elegidos como ciudadanos del pueblo de Dios (Filipenses 3: 20).

Sigamos con humildad y atención oyendo al Espíritu Santo a través de esta metodología, sin contraponernos a la enseñanza; y constatando la misma, en los oráculos de Dios, expuestos en la Biblia.

A medida que vayamos avanzando en el análisis del Sello del Espíritu Santo, vamos a ir concibiendo este proceso, como un todo completo y luminoso.

Sigamos entonces nuestro análisis, a partir del punto en que nos quedamos en la entrega anterior (38), en la cual dejamos explícito que la cumbre del Don del Conocimiento, es el llegar a conocer cuánto Dios nos ama.

¿Acaso somos capaces de conocer cuánto Dios nos ama?

Con este objetivo, es que Dios nos ha sellado con el Don del Conocimiento: El que lleguemos a conocer ¡¡Cuánto Dios nos ama!!

Revisemos con expectativa las Escrituras y reconozcamos que lo que Ellas nos dicen acerca del Amor de Dios por sus hijos, es lo que Dios ya nos ha escrito previamente en el corazón, acerca de su Amor (Jeremías 29: 11 – 12; 30: 17; 31: 3; 33; 32: 40).

Lo que ya tenemos escrito por Dios en el corazón, es lo que constatamos con humillación, con gozo y con asombro, cuando al leer las Escrituras, nos conectamos con todas las promesas de su Amor que Ellas nos presentan.

Dice el evangelio, que el Amor que Dios tiene para sus hijos, excede todo conocimiento (Efesios 3: 19).

Con esta afirmación, se nos está diciendo que aunque tengamos escrito el Conocimiento del Amor de Dios en el corazón, es imposible conocer la total dimensión de este Amor, por más piadosos y estudiosos de las Escrituras que pudiéramos ser.

Estoy seguro, que por esta razón que manifiesta el evangelio en (Efesios 3: 19), es que también el evangelio afirma lo siguiente:

1 Corintios 8:

2. Y si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo.

3. Pero si alguno ama a Dios, es conocido por Él.

(R. V. 1960)

Aparentemente, resulta contradictorio y frustrante, que el evangelio diga que tenemos la mente de Cristo (1 Corintios 2: 16) y que también diga que no sabemos nada como debemos saberlo (1 Corintios 8: 2).

Si Dios quiere que conozcamos su Amor, ¿Cómo es, que ese Amor excede a todo conocimiento, haciéndose para nosotros una tarea tan dificultosa?

Como digo, esta contradicción es aparente; y el mismo sello del Conocimiento, impide que caigamos en frustración o confusión.

Profundicemos entonces, en la revelación del sello del Conocimiento, y relacionemos lo expresado en los versículos anteriores con lo que el mismo evangelio afirma en:

1 Juan 4:

19. Nosotros le amamos a Él, porque Él nos amó primero.

(R. V. 1960)

Los versículos anteriores nos dan a comprender, que es tan difícil conocer el Amor de Dios, que aun, con el sello de Conocimiento, sólo en parte lo llegamos a conocer.

Los que conocemos aunque sea en parte el Amor de Dios, estamos seguros que también amamos a Dios.

Este amor que tenemos por Dios, no es obra espontánea nuestra, ni producto de nuestra voluntad humana, sino que es fruto producido por el mismo Dios que nos amó primero.

Al habernos amado primero, Dios depositó la semilla de Su Amor en el corazón de sus elegidos, a quienes Él conoce.

Sus elegidos, tierra fértil depositaria de su Amor, son sus amados. Este Amor que sembró en sus amados, permite que estos lo reconozcan y lo amen también.

Con el Amor que Dios nos puso en el corazón, es que podemos conocerlo a Él; y reconocer a su Hijo, el Señor Jesucristo, y conocer la obra sublime de su Amor por nosotros, manifestada en su sacrificio pactado por nuestra salvación.

Por ese Amor que Dios nos puso en el corazón, es que podemos poner nuestros ojos en Jesucristo, como Autor y Consumador de la Fe (Hebreos 12: 2).

Sin ese Amor Primero, que viene de Dios, no podríamos poner nuestros ojos en el Autor y consumador de la Fe, sino que al contrario, nuestros ojos estarían puestos en el mundo.

Pero claro, los que hemos sido regenerados por el Amor de Dios, sabemos que nosotros no tenemos negocios con el mundo, porque hemos sido apartados del mundo por su Amor. Hemos sido apartaos para Él (Éxodo 33: 16; Levítico 20: 24).

Y aun así, puestos los ojos en Jesucristo, quien para enriquecernos fue hecho pobre siendo rico (2 Corintios 8: 9); quien fue despreciado y desechado entre los hombres; quien fue herido por nuestras rebeliones y molido por nuestros pecados; quien fue llevado como cordero al matadero; quebrantado angustiado y afligido en su alma para lograr la justificación de muchos (Isaías 53: 3 – 11)… Repito: Y con todo esto que conocemos y puestos los ojos en Jesucristo… No alcanzamos a dimensionar en nuestra mente humana, el infinito Amor de Dios por nosotros, sus hijos.

…Pero nosotros, sí somos conocidos por Él (1 Corintios 8: 3).

En este punto, debo referirme también, a quienes están impedidos de conocer a Dios y a su Sublime Obra de Amor, en la Persona de Jesucristo.

Estos son, quienes no fueron depositarios del Amor de Dios.

Estos son, aquellos a quienes el Señor Jesús les habló de esta manera:

Juan 5:

42. Mas yo os conozco, que no tenéis Amor de Dios en vosotros.

(R. V. 1960)

Estos, son simplemente muertos.

¿Por qué será que Dios, a unos les puso su Amor y a otros no?

Pregunto de otra manera:

¿Por qué será que Dios predeterminó a unos para Resurrección y Vida Eterna (Isaías 26: 19) y a otros para ser siempre muertos (Isaías 26: 14)?

Revisemos algunos versículos que nos den la respuesta a estas preguntas, en relación al Conocimiento que tenemos acerca del infinito y eterno Amor de Dios por su pueblo elegido:

Juan 3:

16. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

(R. V. 1960)

Este es el versículo central de la revelación bíblica acerca del Amor de Dios por el mundo entero.

De este versículo, se desprenden las revelaciones acerca de la predestinación para la Salvación de la que fuimos acreedores por Gracia, todos los que recibimos la potestad de ser hechos hijos de Dios.

He podido escuchar a muchos predicadores, que en sus discursos, demuestran que aún tienen problemas en entender y explicar el misterio de la predestinación, lo cual está escrito explícitamente en (Éxodo 19: 5 – 6; 33: 16; Levítico 20: 24; Deuteronomio 4: 20; 7: 6; 10: 15; 14: 2; 26: 18 – 19; Salmo 135: 4; Isaías 43: 20 – 21; Mateo 20: 16; 22: 14; 24: 22, 24, 31; Marcos 13: 20, 22, 27; Lucas 18: 7; Hechos 2: 47; 13: 48; Romanos 8: 29 – 30, 33; 11: 7; Efesios 1: 3 – 5, 11; Colosenses 3: 12; 2 Timoteo 1: 9; 2: 10; Tito 1: 1; 2: 14; 1 Pedro 1: 2; 2: 9; Apocalipsis 17: 14).

No es mi intención ahora el tratar de analizar el Misterio de la predestinación, ya que siguiendo el orden de enseñanza que me sugiere el Espíritu Santo, esta explicación vendrá más adelante, en futuras entregas.

Pero sí dejo en claro desde ahora, que si la Palabra de Dios dice que fuimos elegidos, predestinados, escogidos o apartados de Dios y para Dios, desde antes de la fundación del mundo, para ser hechos hijos de Dios, para Salvación y para reinar con Cristo (Apocalipsis 1: 8), es porque así es y no hay vueltas que dar.

Esto descarta la teoría de que todos los seres humanos son hijos de Dios.

¿Por qué darle vueltas a las cosas?

¿Por qué contender con la Palabra de Dios?

Los que tienen negocios con el mundo de los muertos, predican la famosa frase estereotipada de “todos somos hijos de Dios”, siendo que muchos que así predican, también son muertos y jamás vivirán, porque jamás serán soltados de los sepulcros del mundo al que pertenecen.

¿Por qué tratar de encontrarle a la Palabra de Dios, términos medios, según proponen algunos predicadores, queriendo suavizar los términos radicales de las Escrituras?

Es que las Escrituras al mismo tiempo, que nos revelan que Dios tiene sus elegidos, también nos revelan que hay otros no elegidos, que por no estarlo, ya están muertos.

A muchos les da miedo predicar con claridad esta Verdad que abiertamente exponen las Sagradas Escrituras; y a ese miedo lo quieren camuflar, encontrando pretextos para hacer transaccionar la Verdad sobre “la elección de los que viven”, con razonamientos humanos que no ofendan a los que ya están muertos, a falta de tal elección.

Revisen lo que dice el evangelio:

Romanos 9:

13. Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.

16. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.

20. Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?

21. ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?

22. Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción,

23. y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria.

24. a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles?

(R. V. 1960)

Como pueden ver mis amados, Dios amó a todo el mundo como lo menciona el Señor Jesús en (Juan 3: 16); pero no predestinó a todo el mundo.

¿A quién predestinó entonces?

¿A los buenos?

Pero las Escrituras dicen que “no hay un justo, ni siquiera uno” (Salmo 14: 3; Romanos 3: 10).

Este misterio de la predestinación en el Amor de Dios a sus escogidos, tiene su origen desde antes de la fundación del mundo; pero se manifiesta en los tiempos postreros con el sacrificio de Cristo (1 Pedro 1: 20); revelándose este Misterio que ha permanecido oculto desde tiempos eternos, por medio de la Palabra del evangelio (Romanos 16: 25).

El Conocimiento de este Misterio del Amor de Dios, es el que nos abre paso a la Fe (Romanos 16: 26).

Dios no elige a los buenos, porque no hay buenos.

Dios elige por Gracia, a los que él quiere elegir.

Los que son elegidos, no tienen ningún mérito para ser elegidos; simplemente fueron por Gracia, acreedores a la Misericordia de Dios (Romanos 9: 16).

Los elegidos de Dios, al recibir su Misericordia, recibieron la semilla de su Amor; y en su corazón Dios sembró el Temor de Dios (Jeremías 32: 40).

Los que no fueron elegidos para ser hijos de Dios, no recibieron la Misericordia de Dios, por tanto, no recibieron el Amor de Dios en su corazón. Ni hay en ellos el Temor de Dios (Salmo 14: 1; 53: 1; Romanos 3: 18). Por eso, sus corazones blasfeman contra Cristo.

Por tal motivo, en (Juan 3: 16), el Señor Jesús afirma que por el Amor de Dios para el mundo, Él fue sacrificado.

En (Juan 3: 18), el Señor Jesús afirma, que el que cree en Él, “no es condenado.”  No dice que el que crea en Él, no será condenado. Claramente expresa, que el hecho de creer en Cristo, es una condición espiritual, que procede de la Naturaleza de Dios, quien ha depositado su Amor en cada elegido, para que crea en su Hijo y en el sacrificio pactado para la Salvación.

La condición espiritual del que cree es condición eterna de elección y Salvación.

En el mismo versículo aclara, que quien no cree en Él “ya ha sido condenado”; es decir, que por condición espiritual ya está muerto.

En lo expresado anteriormente, observen mis amados, que el Señor Jesús no dice, que el que no crea será condenado. Lo que dice es, que los que no creen, es porque ya han sido condenados.

Claramente, sus palabras nos revelan, que en los que no creen, su incredulidad es causada por su condición de “no elección para salvación”.

Esta es una condición de haber sido ya condenados.

Por eso, en el versículo anterior, el Señor Jesús menciona lo siguiente:

Juan 3:

17. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él.

(R. V. 1960)

Esta afirmación del Señor Jesús, nos revela que su venida al mundo no era para condenar a nadie, porque los que estaban predestinados a no creer en Él, simplemente, ya han sido condenados.

El Señor Jesús vino por “su pueblo” (Mateo 1: 21) elegido para Salvación, porque “su pueblo” es el escogido en el Pacto Eterno (Isaías 55: 3; Jeremías 32: 40) para Salvación y reinado eterno.

Muchos, que tropiezan con La Piedra de Tropiezo, que es la Palabra de Dios (1 Pedro 2: 8), para explicar esto de la predestinación, que es difícil de entender, apelan a la teoría del libre albedrío, que es una teoría aberrante propia de las doctrinas torcidas; y que lamentablemente la he oído predicar a muchos evangélicos de renombre, pero sin Conocimiento.

No quiero dilatarme en este momento, aclarando la falsedad de la doctrina del libre albedrío; pero con seguridad, más adelante en esta página, habrá lugar y tiempo para volver a tocar el tema con amplitud.

Volviendo al análisis del sello del Conocimiento con el que están marcados los escogidos de Dios, el evangelio afirma, que el infinito Amor de Dios, lo conocemos sólo en parte; y que lo conoceremos a plenitud cuando estemos con Cristo, cara a cara, porque ahora sólo lo apreciamos oscuramente, en las limitaciones físicas de nuestra vida terrenal (1 Corintios 13: 9 – 13).

Sin embargo, el mismo Apóstol Pablo que describe este Misterio, nos exhorta de la siguiente manera a conocer el Amor de Dios:

Efesios 3:

17. para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor,

18. seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura,

19. y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.

(R. V. 1960

Con esta exhortación, podemos comprender, que aunque el Amor de Dios, es  inabarcable con el pensamiento humano, el solo hecho de conocer gracias al Sello del Conocimiento, que Cristo mora en nuestro corazón (Gálatas 4: 6), es ya conocerlo todo.

Esto resulta así, porque la Persona de Cristo es el Todo; y aunque el Todo, sea inabarcable para el pensamiento humano, en Este Todo, se manifiestan espiritualmente estos tres dones:

La Fe, la Esperanza y el Amor.

Dice el evangelio, que el Amor, es el mayor de los tres dones mencionados (1 Corintios 13: 13).

Por el hecho mismo de conocer por el Espíritu, esta Sublime Gracia de la que hemos sido dotados; y con la que estamos sellados, es que el Apóstol Juan dice, que “conocemos todas las cosas”:

1 Juan 2:

20. Pero vosotros tenéis la Unción del Santo, y conocéis todas las cosas.

(R. V. 1960)

El que tiene el sello del Conocimiento, ¡lo tiene todo!

En el Sello del Conocimiento se evidencia el mismo Amor de Dios actuando en nuestras vidas llenas de Poder.

El Conocimiento es la Vida Eterna (Juan 5: 39)…

El Sello del Conocimiento es la misma Persona de Cristo, morando como un Sello Espiritual en nuestra naturaleza humana, dándonos Vida Eterna.

Tener el Sello del Conocimiento, es tener a Cristo y a la vez, conocer que tenemos a Cristo morando en nuestra humanidad y a la vez conocer que tenemos Vida Eterna.

Tener a Cristo morando en nuestro corazón es tener el Amor de Dios.

Tener el Sello del Conocimiento, es tener la consciencia de ese Amor de Dios que nos envuelve y que nos llena y que además nos hace conocer el Temor de Dios.

Todo el que tiene el sello del Conocimiento, tiene claro el Conocimiento de cuánto nos ama nuestro Padre; y por tanto, está resguardado de tres elementos que son nocivos para el espíritu:

La religiosidad, el temor y las doctrinas torcidas.

Estos tres elementos perniciosos, adulteran el mensaje de la Buenas Nuevas del Señor Jesucristo, pervirtiendo el evangelio de la Paz.

Los religiosos, no obran bajo la guía del Amor de Dios (Filipenses 2: 13) que es en Cristo Jesús, sino bajo los preceptos religiosos legalistas, inventados por hombres.

Con estos legalismos y tradiciones, juzgan al prójimo (Mateo 15: 9); y hacen sacrificios con los que se justifican a sí mismos.

Precisamente, son los religiosos, quienes rechazan el Amor de Dios, que es Cristo; y su Conocimiento (Lucas 11: 53, 57).

Lo rechazan a causa de su idolatría y de la dureza de sus corazones arrogantes y amadores de sí mismos (2 Timoteo 3: 2).

Conocer el Amor de Dios, es conocer que Dios no quiere sacrificios de nuestra parte, llámense estos, aflicciones autoimpuestas, pagos de dinero, abstinencias, tales como dejar de comer o como prohibirse el casamiento.

Hay gente especializada en alienar la mente de los débiles, mediante metodologías religiosas, haciéndoles temer con la venganza de Dios, si no cumplen con las exigencias de los preceptos y las exigencias que se han inventado creativa y maliciosamente, para extorsionarlos en nombre de Dios.

Lo peor de todo es que se apoyan en la Biblia, adulterando los mensajes (Apocalipsis 22: 18 – 19), para organizar sus empresas religiosas estafadoras, a las que llaman iglesias (Miqueas 3: 11).

Para la iglesia de Laodicea, que es la iglesia de los tibios, desventurados y miserables que son vomitados de la Boca de Cristo (Apocalipsis 3: 17), a mi criterio y como lo expresara el Señor Jesús, el castigo de ella, es más tolerable que para estos adulteradores de la Verdad (Mateo 10: 15), porque son peores, a causa de que no conocen el Arrepentimiento (Apocalipsis 9: 20 – 21; 16: 9; 11).

Quien no conoce el Amor de Dios, tiene temor de que al no cumplir con estas exigencias impuestas por los falsos pastores, Dios lo rechace.

Quien tiene el Sello del Conocimiento, conoce a cabalidad, lo que dice el evangelio:

1 Juan 4:

18. En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor.

(R. V. 1960)

Para concluir esta entrega, les animo a que revisen los siguientes versículos, para que, como escogidos de Dios, afirmen la certeza de su Amor:

  • Nada nos puede separar del Amor de Dios (Romanos 8: 35 – 39).
  • Dios nos ató a Él, con cuerdas de Amor (Oseas 11: 4).
  • El Amor y la Misericordia de Dios para con nosotros son eternas (Jeremías 31: 3).
  • Nos hace conocer que fuimos escogidos antes de la fundación del mundo (Efesios 1: 3 – 4).
  • Nos hace conocer que no tenemos que hacer obras para agradarle porque ya le agradamos incondicionalmente (Efesios 2: 6 – 10).
  • Nos hace conocer que junto con Cristo nos tiene en alta estima (Isaías 43: 4).
  • Nos hace conocer que Él nos guarda y el maligno no nos toca (1 Juan 5: 18).
  • Nos hace conocer que ninguna arma forjada contra nosotros prosperará (Isaías 54: 17).
  • Nos hace conocer que no tenemos que darle a Él nada, porque es Él quien nos da todo, por tanto, nos defiende de los comerciantes del evangelio (2 Corintios 2: 17)

El Conocimiento de su infinito Amor, permite que el Sello de la Fe actúe en los hijos de Dios.

¡Victoria en Cristo Jesús!

Dr. Iván Castro Romero

 

Próxima entrega: Jesús “La Piedra de Tropiezo” Parte 39

 

38. Jesús: “La Piedra de Tropiezo” PARTE 37: Muchos perecen por falta de Conocimiento (Oseas 4: 6)

¡Amados de Dios!

Vamos en esta entrega, a proseguir con el análisis del Sello del Conocimiento.

Como dijimos al término de la entrega anterior; y de acuerdo al esquema con que me guía el Espíritu Santo en este estudio, recalco otra vez, que el Sello del Conocimiento, es la base de sustentación del Sello de la Fe

Si revisan la (entrega 27), recordarán que la Unción del Espíritu Santo con su Sello en los elegidos de Dios, es Una, Eterna y aplicada de una sola vez.

Recordarán también, que para hacer accesible la comprensión de esta Unción o Sello, El Espíritu Santo, nos ha privilegiado a este siervo y a quienes siguen esta página, con la enseñanza de este misterio, mediante un esquema didáctico descrito a manera de un proceso.

En este proceso, el Conocimiento, ocupa el cuarto momento del sellado; y sobre el cual, a continuación se añade el quinto momento, que corresponde al Sello de la Fe.

De este quinto momento, nos ocuparemos en una posterior entrega.

Sin más preámbulos, continuemos pues, con el análisis del Conocimiento:

Es por causa de que conocemos a Cristo, que creemos en Él.

Analicemos esto con detalle, apoyándonos como siempre en la Palabra de las Escrituras:

El evangelio afirma de manera impactante, que Cristo es el Autor y Consumador de la Fe (Hebreos 12: 2).

Pues aquí tienen revelado en este versículo, otro nombre del Señor Jesús:

Él  es el Autor y Consumador de la Fe (Hebreos 12: 2).

Ya hemos dicho anteriormente en otra entrega, que el Señor Jesús es el Conocimiento; y este, es otro de sus nombres.

Entonces, fijemos ahora, estos dos nombres del Señor Jesús:

a)     Autor y consumador de la Fe

b)    Conocimiento

Veamos ahora cuál es, el misterio revelado en (Hebreos 12: 2):

Este versículo menciona, que el Señor Jesús es el Autor y consumador de la Fe.

Como el Señor Jesús es el Conocimiento, entonces, el Señor Jesús es a la vez, el Conocimiento y el Autor y Consumador de la Fe.

Pareciera que redundamos en el análisis; pero es preferible repetir las cosas una y otra vez, para no dejar espacio a interpretaciones erróneas de la Palabra.

Sabemos que la Palabra en sí misma, es causa de caída (1 Pedro 2: 8) para los incrédulos; por eso, nuestro deber es predicarla con pureza, para que cale profundo en el corazón de los entendidos; pero sobre todo, para evitar que  tropiecen en Ella, los que aún son flacos en la Fe (Romanos 14: 1; 1 Corintios 8: 7; 9).

El Conocimiento entonces, no es un estado intelectual.

El Don del Conocimiento, es una Persona.

Esta Persona, mora establecida como un Sello en el corazón de todo escogido de Dios.

Esta Persona, es el mismo Espíritu de Cristo.

De acuerdo a lo que vamos analizando, concretemos entonces, que siendo la Fe y el Conocimiento la misma Persona, no puede entonces haber Fe, si no hay Conocimiento.

Esta Persona ha establecido, primero darse a conocer con el Sello del Conocimiento, para que quien ha sido elegido para conocerlo, pueda depositar su confianza en Él, con el Sello de la Fe.

Así vemos, que quien confía en esta Persona, es quien ha llegado a conocerla.

Repitamos, aunque parezca redundante:

Esta Persona es Cristo.

Si esta Persona que es el Conocimiento, no habita en el corazón del hombre, tampoco puede habitar la Fe, pues la Fe y el Conocimiento, son la misma Persona, o sea, Cristo.

Otra vez:

No puede haber Fe si no hay Conocimiento.

Aclaremos en este punto, que todo lo que estamos hablando referente al Sello del Espíritu Santo, es consecuentemente espiritual.

La Persona del Conocimiento, que es la misma Persona de la Fe, es espiritual.

Nada concerniente al Sello del Espíritu Santo, procede de los niveles carnales en que vive la persona natural.

Al contrario, la carnalidad de la persona que recibe el Sello, será vencida por el Poder espiritual del Sello (Romanos 12: 21; Gálatas 5: 16 – 17; Tito 2: 7).

Todo es así de espiritual, que cuando Abram recibió la orden de Jehová, de abandonar su tierra y su parentela para ir a la tierra que le mostraría (Génesis 12: 1), previamente, lo bautizó con Espíritu Santo; es decir, lo selló con Espíritu de Conocimiento y de Fe.

Jehová hizo que Abram conozca a Cristo; y además le mostró la tierra que le daría.

Cuando Jehová le dice: “Vete a la tierra que te mostraré” (Génesis 12: 1), le está dando el Conocimiento Espiritual, que es la evidencia mostrada por Jehová y vista por Abram, en la que se sustenta lo que las Escrituras llaman “la Fe de Abram.”

Dicho sea de paso, la tierra que Jehová le estaba mostrando, era por una parte, la porción geográfica destinada para ser habitada por sus hijos, que en su descendencia carnal, no serían más que polvo (Génesis 13: 16), o sea, la nación de Israel según la carne (1 Corintios 10: 18); y por otra parte, le estaba mostrando la tierra espiritual, o sea, la Israel de Dios (Gálatas 6: 16), que está por sobre la nación geográfica, la cual también es mencionada en el evangelio, como La Nueva Jerusalén (Hebreos 12: 22; Apocalipsis 21: 10; 23 – 24), destinada para que eternamente fuese habitada por sus hijos, engendrados espiritualmente, en “la Fe de Abram.”

Estos hijos de la Fe, son tantos, que Jehová los comparó con el incontable número de las estrellas del cielo (Génesis 15: 5).

A todas sus estrellas Jehová conoce; y a cada una llama por su nombre (Salmo 147: 4).

Con el Conocimiento que se le otorgó a Abram, él conoció lo uno y lo otro, lo terrenal y lo espiritual que Jehová le otorgaría.

El Conocimiento fue la base su Fe.

Espiritualmente Abram vio todo lo que Jehová le mostró; y además habló con Dios, lo cual fue evidencia espiritual para creer en Cristo Jesús, por el Sello de la Fe.

Por este Sello, Abram creyó y le fue contado por Justicia (Génesis 15: 6).

Ninguna obra hizo Abram para recibir el Conocimiento y la Fe. Simplemente, recibió el Sello, por Gracia.

Quienes no han recibido este Sello, son los que, ni aun viendo con los ojos las evidencias de las maravillas que Dios ha hecho en Cristo Jesús, pueden creer en Él.

Tal es el Conocimiento que de Cristo tuvo Abram, que mencionado por el mismo Señor Jesús, Abram se gozó viéndolo desde la distancia:

Juan 8:

56. Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio y se gozó.

(R. V. 1960)

Miles de años antes de la venida del Señor Jesús al mundo, Abraham lo vio, no con ojos físicos, sino con la Unción o Sello del Espíritu.

Mientras por otra parte, quienes tenían el conocimiento de la existencia del Señor Jesús; y viéndolo en Persona, realizar tantos prodigios y milagros, a causa de sus corazones endurecidos por no tener el Sello de la elección, no tuvieron acceso al Conocimiento; y menos, pudieron creer en Él (Juan 8: 19; 59).

Esta incredulidad, ocurrió no sólo en la época del ministerio del Señor Jesús en la tierra, sino que ocurre a gran escala en la actualidad; y ocurrió también con la mayoría de sus compatriotas israelitas, mientras cruzaban el desierto, como lo narra el Antiguo Testamento, en medio de tantas maravillas que hacía con ellos, la Roca Espiritual, que es Cristo (1 Corintios 10: 1 – 5).

Esta es la razón por la que, de la mayoría de ellos no se agradó Dios (1 Corintios 10: 5); y por eso, los incrédulos no entraron jamás en su Reposo (Hebreos 3: 17 – 18), o sea, en Cristo, o lo que es lo mismo, jamás tuvieron acceso al Sello del Espíritu Santo.

Aunque estos israelitas incrédulos fueron circuncidados carnalmente en el prepucio, jamás fueron circuncidados en el corazón, o sea, en Cristo, que es el Sello o Bautizo del Espíritu (Colosenses 2: 11).

No fueron bautizados, a causa de que jamás estuvieron elegidos para ser el pueblo espiritual de Dios; y es de este modo, que perecieron por falta de Conocimiento (Oseas 4: 6; 1 Corintios 10: 5; 8 – 10).

El evangelio también nos revela, que todos los escogidos de Dios, descritos en el Antiguo Testamento, murieron mirando de lejos, creyendo y saludando a Cristo, muchos siglos antes de su venida, confesando que en la tierra sólo eran peregrinos (Hebreos 11: 13).

Ahondando más en el tema:

En (Hebreos 11: 6), el evangelio menciona que “sin Fe es imposible agradar a Dios.”

Reciban aquí, esta revelación:

Para agradar a Dios, no hay que hacer nada, simplemente, Dios ve si en el corazón de un hombre, se encuentra morando la Persona de su Hijo.

Por esta razón es, que las Escrituras afirman con toda claridad, que Dios no se fija en la apariencia externa de la persona, sino en su corazón (1 Samuel 16: 7).

Como veremos más adelante en estregas futuras, la Fe no es un estado anímico ni mental, sino el mismo Espíritu de Cristo, habitando y produciendo todas las cosas en el corazón del elegido de Dios.

También, por esta razón es, que el evangelio menciona en (Romanos 8: 1), que “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.”

¿Qué condenación puede haber para un hijo de Dios, que tiene en su corazón morando al mismo Primogénito Hijo de Dios?

También menciona el evangelio, que los hijos de Dios son guiados por el Espíritu de Dios (Romanos 8: 14).

¿Para qué nos guía el Espíritu de Dios?

Nos guía para conocer a la Persona del Conocimiento (1 Juan 5: 20), que mora en nuestros corazones.

¿Para qué habría de querer Dios, que conozcamos a la Persona del Conocimiento?

Precisamente, quiere que conozcamos a Cristo, para llevarnos en la Fe, a la misma tierra que le prometió a Abram (Hebreos 12: 22; Apocalipsis 21: 10; 23 – 24).

Así lo quiere Dios, porque al hacernos conocer en qué consiste el Sello del  Conocimiento con el cual estamos sellados, llegamos a ser capaces de comprender, cuál es la anchura, la longitud, la profundidad y la altura del Espíritu de Cristo (Efesios 3: 18).

Así lo quiere Dios, para que en este Conocimiento de su Hijo, se produzca en sus escogidos, el crecimiento de la Fe (1 Pedro 2: 2), que fue depositada como un grano de mostaza (Mateo 17: 29; Lucas 17: 6), hasta que llegue a la medida de la plenitud de Cristo (Efesios 4: 13).

Como podemos apreciar, de ninguna manera, el Conocimiento se trata de una habilidad intelectual carnal.

Repito: Se trata de la Persona de Cristo, que es totalmente espiritual.

Ahora, profundicemos un poco más:

Ya vimos en una entrega anterior, que el Señor Jesús también es el Pacto Eterno. Este es otro de sus nombres.

Otra vez:

El Señor Jesús, es el Pacto Eterno.

El Conocimiento y el Pacto Eterno, son la misma Persona; o sea, la Persona de Cristo, totalmente espiritual.

Veamos lo que al respecto, dicen las Escrituras:

Salmo 25:

10. Todas las sendas de Jehová son Misericordia y Verdad,

Para los que guardan su Pacto y sus Testimonios.

(R. V. 1960)

Lo que este versículo nos revela es, que el mismo Señor Jesús, en sus diferentes nombres, es la Misericordia, la Verdad y el Pacto, que habita guardado en el corazón de los escogidos de Dios, como un tesoro depositado en vasija de barro (2 Corintios 4: 7).

Aclaro, cuando el versículo dice: “Para los que guardan su Pacto”, lo que está revelando esta frase es, que por Dádiva Perfecta (Santiago 1: 17) de Dios, sus elegidos tienen en sí mismo, guardado el Buen Depósito del Espíritu Santo (2 Timoteo 1: 14).

Esto es por Gracia, nada es por obra nuestra.

Muy claramente las Escrituras mencionan, que Dios hace conocer su Pacto sólo a sus escogidos, o sea, a los acreedores de su Gracia.

Para comprobar lo anterior, por favor, lean (Salmo 25: 14).

Es así, que sólo a sus escogidos, Dios hace conocer al Conocimiento, o sea, a su Pacto.

Quien tiene el Sello del Conocimiento, tiene en sí mismo el Pacto Eterno.

Por el Sello del Conocimiento, los escogidos de Dios, llegan a conocer perfectamente en qué consiste el Pacto Eterno.

Por el Conocimiento del Pacto Eterno, tenemos siempre la seguridad de la Promesa del Espíritu, recibida por la Fe (Gálatas 3: 14); y en la Fe abundamos siempre, como receptores de toda Gracia (2 Corintios 8: 7).

Por el Conocimiento del Pacto Eterno, andamos siempre confiados, tal como dice la Palabra en:

Salmo 9:

10. En ti confiarán los que conocen tu Nombre,

Por cuanto tú, oh Jehová, no desamparaste a los que te buscaron.

(R. V. 1960)

Por el Conocimiento del Pacto Eterno, quienes guardan el Pacto (Salmo 25: 10), no podrán jamás ser confundidos (Salmo 31: 1).

Dice el Señor Jesús, que “Satanás engañará si le fuese posible, aún a los escogidos.” Es muy claro cuando dice: “Si le fuese posible” (Mateo 24: 24).

El Señor Jesús sabe, que engañar a los escogidos, que son los que guardan su Pacto y su Conocimiento, no es posible.

Quienes son confundidos y perecen en el engaño, son quienes desecharon el Conocimiento (Oseas 4: 6), o sea, aquellos, quienes se rebelaron contra Dios (Isaías 41: 11), causa por la cual, no pudieron ser engendrados de Dios, al no ser partícipes de la Fe de Abraham.

El Conocimiento que tenemos de Cristo, es la Obra Perfecta de Dios (Juan 6: 29), que nos lleva a conocer al Conocimiento, que es Cristo, quien por Don de Dios, se encuentra morando en nuestro interior (1 Juan 5: 20), guiándonos en todo (Romanos 8: 14) y manifestándose en todo lo que hacemos (Filipenses 2: 13).

En este punto, quiero recalcar, que en las diversas religiones y sectas, muchas de ellas que dicen ser cristianas, sus doctrinas están basadas en la adoración idolátrica a otras deidades que no son Cristo.

Estas religiones o sectas, se proyectan en la realidad espiitual de un tenebroso sincretismo, creyendo que porque mencionan el nombre de Cristo, o porque lo alaban, mezclando sus alabanzas con adoración a otras deidades, están en camino de vida, cuando por el contrario, están en camino de muerte (Proverbios 16: 25).

No quiero prolongarme por ahora, en este análisis. Simplemente piensen mis amados, que si el Verdadero Conocimiento se encuentra habitando en el corazón de todo elegido de Dios, ¿podría este Conocimiento Viviente, que es Cristo, alabar a un ídolo muerto o a otro dios inventado, que no sea el Dios Altísimo, Creador de los cielos y la tierra?

¡¡Claro que no!!

¿Ven por qué menciona el evangelio, que hay muchos enfermos y debilitados y muchos mueren, entre todos aquellos que mencionan el nombre de Cristo sin discernir su Espíritu (1 Corintios 11: 30); y todo esto, por falta de Conocimiento?.

Continuemos…

Con la Persona del Pacto Eterno morando en nuestro corazón, es que se nos revela en su Conocimiento, cuánto Dios nos ama.

El Pacto Eterno (Jeremías 32: 40), es Pacto de Amor Eterno (Jeremías 31: 3).

Todo el que está Sellado por el Espíritu Santo, tiene este Amor; y está en el Pacto; y tiene este Conocimiento.

Conocer cuánto Dios nos ama, es los que nos da la mayor certeza, acerca del Poder, del cual estamos fortalecidos (Efesios 2: 16; 3: 20; 6: 10).

El Conocimiento del Amor de Dios, es el Conocimiento con el que somos sellados los hijos de Dios.

De este Conocimiento que sobrepasa todo conocimiento (Efesios 3: 19), es que se desprende nuestro Conocimiento, acerca de todo lo demás, concerniente al Reino de Dios y a las riquezas en Gloria (Filipenses 4: 19) que nos pertenece a los hijos de Dios, como coherederos que somos, de Cristo Jesús (Romanos 8: 17).

De la misma forma en que la Paz que Dios nos da, sobrepasa todo entendimiento (Filipenses 4: 7), asimismo, el Amor que Dios nos da, sobrepasa todo conocimiento (Efesios 3: 19).

De esta forma, el estar apercibidos de la Paz de Dios que mora en nuestro corazón, es que tenemos la señal del Entendimiento con el que estamos sellados. Este es un Entendimiento, que sobrepasa todo entendimiento.

De igual manera, el estar apercibidos del Amor de Dios que recibimos por herencia eterna y que se manifiesta abundantemente como Testimonio en nuestras vidas terrenales, es la señal del Conocimiento con el que estamos sellados. El Conocimiento de este Amor, excede a todo conocimiento.

Continuará….

¡Victoria en Cristo Jesús!

Dr. Iván Castro Romero

 

Próxima entrega: Jesús “La Piedra de Tropiezo” Parte 38

 

 

37. Jesús: “La Piedra de Tropiezo” PARTE 36: “Quien tiene la Unción del Santo, conoce todas las cosas” (1 Juan 2: 20).

¡Amados de Dios!

En esta entrega, vamos a abordar el análisis del cuarto componente del Sello del Espíritu Santo, elemento que a su vez, corresponde al segundo momento del proceso del sellado (implementación del Sello), que Dios aplica en sus escogidos, o sea, en su pueblo amado, o lo que es lo mismo, en su Jerusalén Celestial.

Como siempre, haremos el análisis, sustentando toda afirmación en la Palabra de las Sagradas Escrituras.

Mientras vamos avanzando en el análisis del proceso de sellado del Espíritu Santo, les sería conveniente en este momento, remitirse a la entrega veintisiete (27), para que hagan una breve revisión de los momentos y elementos que componen este proceso, cuya estructura no se debe perder de vista.

También sugiero revisar la (entrega 24), la cual les hará recordar que en el análisis del proceso de aplicación del Sello del Espíritu Santo que Dios hace en su pueblo, tampoco se debe perder de vista la dimensión eterna de esta aplicación, esto es, hay que tener presente que el Sello con todos sus elementos e implicaciones, es eterno y aplicado de manera eterna y no por partes.

De tal forma que, la descripción de la aplicación del Sello, tal como expongo en estas enseñanzas secuenciales, proyectada con el diseño de un proceso, es una guía didáctica, con la que el Espíritu Santo me instruye, para que a su vez, los santos que siguen esta página, tengan acceso a una compresión práctica de este misterio, que no es fácil de comprender.

Quizás por la falta de compresión de este misterio, es que se cometen muchos errores en la evangelización y quienes tienen a cargo la enseñanza y la predicación, llevan a sus rebaños a conceptos equivocados, que los hace tropezar y caer en la religiosidad.

De los rebaños pastoreados con enseñanzas equivocadas, será el Verdadero Pastor, quien por Sí mismo se haga cargo de apacentar a sus ovejas, escribiendo en sus corazones, el Verdadero Conocimiento (Jeremías 3: 15; 1 Pedro 5: 4).

Por cierto, sería siempre bueno, que quien desee a través de esta página, comprender sin tropiezo este misterio, hiciera el esfuerzo de leer la misma,  desde la primera entrega.

Si usted lo ha ido haciendo en forma regular, no es necesario por ahora, más que revisar las entregas sugeridas anteriormente (24 y 27).

Con estos preliminares, empecemos pues esta entrega, con el análisis del “Conocimiento”, el cual es el cuarto elemento correspondiente al segundo momento (implementación del Sello) del divino proceso de sellado del Espíritu Santo.

Secuencialmente y siguiendo atentamente la revelación del Espíritu Santo, el “Conocimiento” se ubica como el cuarto momento del proceso de sellado, luego de un tercer momento, que corresponde al “Entendimiento”, el cual, ya ha sido ampliamente descrito en las entregas anteriores.

Ahora confirmemos con los siguientes versículos, esta secuencia establecida por Dios en el proceso de sellado, en la cual ratificamos, que el Conocimiento surge a partir del Entendimiento:

Salmo 119:

125. Tu siervo soy yo, dame entendimiento para conocer tus testimonios.

(R. V. 1960)

Observen en el versículo mencionado, que el Conocimiento se deriva del Entendimiento previo.

Efesios 1:

17. para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él,

18. alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos,

(R. V. 1960)

Observen que en estos dos versículos anteriores, el Conocimiento de Cristo y de la esperanza a la que Él nos ha llamado, se derivan de la revelación que nos brinda el Espíritu de Entendimiento y de Sabiduría.

1 Juan 5:

20. Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna.

(R. V. 1960)

Observen en el versículo anterior, que el Conocimiento del Verdadero Dios, que es el Señor Jesucristo, es consecuencia del Entendimiento que Él mismo nos ha dado.

Jeremías 9:

24. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová.

(R. V. 1960)

Una vez más en el versículo anterior, observen la secuencia que nos instruye acerca del Conocimiento, como elemento derivado del Entendimiento previo.

Como pueden ver mis amados, el Conocimiento que Dios aplica como Sello en sus elegidos, es el Conocimiento de Cristo Jesús, al cual no podríamos acceder, si previamente, el mismo Cristo no nos hubiera aclarado el Entendimiento.

El evangelio nos revela que este cuarto elemento del proceso de la implementación del Sello del Espíritu Santo en los elegidos de Dios, es un elemento precioso y fundamental en la vida espiritual de todo hijo de Dios.

¿Saben por qué el Conocimiento es relevantemente fundamental?

Dejemos que la Santa Palabra de Dios nos responda por Sí misma, mediante el siguiente versículo:

Juan 17:

3. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.

(R. V. 1960)

Estas palabras son pronunciadas por el mismo Señor Jesús, quien afirma, que la vida eterna, consiste en el Conocimiento de Él. Esto claramente indica, que sin su Conocimiento no hay vida eterna (Juan 5: 39; 1 Juan 5: 20).

Se desprende entonces, que quien tiene el Conocimiento de Cristo, ya tiene la vida eterna.

Lo que toca ahora, es preguntar:

¿Qué es lo que conocen quienes tienen el Conocimiento de Cristo y que por ende tienen la vida eterna?

Como hijos de Dios que somos, sellados con el Espíritu de Conocimiento podríamos responder abreviadamente:

¡¡Lo conocemos todo!!

Esta respuesta parece muy arrogante y para el mundo incrédulo, sería motivo de escándalo el escucharnos pronunciar esta afirmación.

La pregunta consecuente es:

¿Qué es conocer todo?

¡Pues, es conocer a Cristo, porque Cristo es Todo!

Porque todo lo es por Él, de Él, en Él y para Él (Romanos 11: 36).

Y aunque al mundo incrédulo, esta respuesta pareciera ser insensata, yo les puedo asegurar que es sobrenaturalmente inteligente.

Esto lo aseguro, apoyado como estoy, en la misma Palabra de Dios expuesta en los siguientes versículos:

Proverbios 9:

10. El temor de Jehová es el principio de la Sabiduría,

Y el Conocimiento del Santísimo es la Inteligencia.

(R. V. 1960)

En este versículo, la Palabra nos dice que el hombre verdaderamente inteligente, es quien conoce a Cristo.

Así pues, mis amados, al conocer a Cristo, no sólo que tenemos asegurada la vida eterna, sino que contrariamente a lo que el mundo cree, resulta ser, que los hijos de Dios, somos los inteligentes y no así, los hijos del mundo.

Como ustedes podrán comprender, los que actúan inteligentemente son los inteligentes, y estos son los que conocen cómo actuar.

La gente del mundo sabe cómo actuar para la carne y para el mundo, o sea, para lo pecaminoso.

La gente que tiene el Sello del Conocimiento y que por tanto pertenece al Reino de Dios, sabe cómo actuar, pero para el bien, o sea, para Cristo (Romanos 12: 21; 16: 19; Tito 2: 12; 3: 8).

En el Reino de los Cielos, no se puede entrar con la inteligencia del mundo, sino con la inteligencia que surge del Conocimiento de Cristo.

Así es que, los que actúan con la Inteligencia o Conocimiento de Cristo, son los que entran en el Reino de los Cielos.

Para el resto está impedida su entrada, mientras no sean sellados con el  Conocimiento.

Así pues, el mismo Cristo es la Inteligencia y es el Conocimiento.

Aquí tienen ya, otros dos nombres del Señor Jesús.

¡Él es la Inteligencia!

¡Él es el Conocimiento!

Jeremías 31:

33. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.

34. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado.

(R. V. 1960)

En los dos versículos anteriores, la Palabra es muy clara al decirnos, que quienes conocemos a Cristo, lo conocemos todo, pues Él mismo, ha escrito en nuestro corazón, su Nombre y su Ley, por Pacto.

Ese Pacto es el Sello del Conocimiento.

1 Corintios 2:

16. Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo.

(R. V. 1960)

En este versículo, está más claro aún, que lo conocemos todo, porque tenemos la mente de Cristo.

¡Cristo lo sabe todo!

En Él están escondidos todos los tesoros de la Sabiduría y el Conocimiento (Colosenses 2: 3).

¿Saben por qué tenemos la mente de Cristo?

Pues, porque Cristo mora en nuestro corazón. De tal forma que nuestra mente no es carnal, sino espiritual en Cristo.

En consecuencia, en nuestro corazón convertido, moran todos los tesoros de la Sabiduría y el Conocimiento.

Es así, que no somos más nosotros, sino Cristo es quien vive en nosotros (Gálatas 2: 20) y es Cristo, quien obra en nuestro querer y en nuestro hacer (Filipenses 2: 13).

¡Amados de Dios!, el Sello del Conocimiento nos enseña que en nosotros habita el Conocimiento; o sea, nos enseña que conocemos todas las cosas.

Analicen los siguientes versículos:

1 Juan 2:

20. Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas.

27. Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él.

(R. V. 1960)

Como ven, en estos dos versículos anteriores, se aclara más aún, nuestra respuesta a la pregunta de sobre qué es lo que el Sello del Conocimiento nos hace conocer.

En nosotros mora Aquel (1 Corintios 15: 27) que conoce todo y Él es el que actúa en nuestro querer y hacer (Filipenses 2: 13).

Creo que la Palabra por Sí misma nos ha respondido en forma categórica; sin embargo, para que nuestro análisis sea satisfactorio en los frutos de la enseñanza, debemos enfatizar más, en el análisis del Conocimiento.

En la próxima entrega describiremos, aunque sea, unas cuantas, de las cosas que conocemos de Cristo; y que conocemos por el Sello del Conocimiento, si bien, todas las cosas que venimos tratando desde el principio de las enseñanzas de esta página, son producto del Conocimiento de Cristo.

Las cosas que ahora nos proponemos enfatizar con respecto a lo que conocemos por el Sello del Conocimiento, sustentados como siempre en la Palabra de las Escrituras, tienen el objetivo, de hacer que revisemos, recordemos y retengamos con firmeza en nuestra mente y en nuestro corazón, este Conocimiento, pues el mismo, es un elemento del Sello del Espíritu Santo, que está vivo y operante como cuerpo espiritual que sustenta y alimenta el Sello de la Fe (1 Corintios 2: 5; Tito 1: 1; Filemón 1: 6).

En orden secuencial, la Fe, es el próximo elemento del Sello del Espíritu Santo a ser descrito; y como veremos más adelante, el Sello de la Fe, es el que nos purifica, nos justifica, nos glorifica, nos da poder en la obediencia, nos hace manifestar el fruto del Espíritu y nos envía a predicar el evangelio eterno de Jesucristo (Marcos 16: 15 – 18).

Continuará…

¡Victoria en Cristo Jesús!

Dr. Iván Castro Romero

 

Próxima entrega: Jesús “La Piedra de Tropiezo” Parte 37